1 de octubre de 2017 00:00

Playboy liberó a todos, menos a las mujeres

Hugh Hefner en una típica escena de los años 70, simbolizando el ideal del varón blanco estadounidense: disfrutando de la bebida, del glamour y de las mujeres ‘perfectas’.

Hugh Hefner en una típica escena de los años 70, simbolizando el ideal del varón blanco estadounidense: disfrutando de la bebida, del glamour y de las mujeres ‘perfectas’. Foto: Instagram / Hugh Hefner

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Alejandro Ribadeneira
Editor de Vida Privada (O)

La reciente muerte de Hugh Hefner ha puesto a debatir a medio mundo sobre el legado, si puede hablarse de algo así, del fundador de la revista Playboy. Para unos, Hefner fue un visionario que con sus mujeres desnudas contribuyó con la liberación sexual y la destrucción de los tabúes. Para otros, fue un aberrante empresario, un astuto obsceno que perpetuó el poder del macho, blanco y rico con pornografía.

Hefner tuvo ambas facetas, claro, pero quizás se lo está juzgando con la moral de hoy, muy diferente del contexto de los años 50, cuando Occidente se recuperaba de una guerra atroz y los códigos morales eran sumamente conservadores, y con unos Estados Unidos divididos en blancos y negros.

Nos hemos quedado con ese Hefner anciano y mujeriego de los últimos tiempos, ataviado con una lujosa bata burdeos o con gorra de capitán de barco, con pipa, copa de vino y mirada libidinosa, rodeado de mujeres en su Mansión Playboy de Los Ángeles, sumergido en deliciosos bacanales y programas de telerrealidad.

El que realmente pudo dejar eso que se llama legado fue el Hefner del inicio, que a los 27 años concretó su iniciativa de liderar una revista para adultos, sin una idea totalmente clara del monstruo tentacular que estaba creando con los USD 8 000 que consiguió de préstamo para su primer número, pero con el pujante optimismo, tan estadounidense, de que el éxito sería rotundo. Concebía un éxito financiero pero también uno cultural.

No es del todo cierto que su empeño fundamental eran las fotografías de mujeres desnudas, pues estas ya existían en folletines y publicaciones de circulación modesta. Hefner concibió un producto intelectual y provocador, con un obvio cebo erótico pero con la perspectiva de ser una revista global para hombres, con temas de política, música, estilo de vida y jet set. Por supuesto, estamos hablando de 1953, y los hombres a los que Hefner quería llegar era a los blancos y heterosexuales, lo cual es contradictorio para alguien que anhelaba romper con los esquemas y ser universal.

Rompió los esquemas, claro. Las fotos de mujeres desnudas, presentadas con elegancia y coquetería, estremecieron el mercado editorial de Estados Unidos y pusieron a correr a censores y moralistas. Las playmates de las páginas centrales fueron el yin de esta fórmula, pero los artículos de firmas de intelectuales fueron el yan. Entre las fotos de Margie Harrison (la primera playmate como tal, en enero 1954), Cindy Fuller (primera judía en posar para la revista) y Jennifer Jackson (primera afroamericana en salir en la portada), los lectores encontraban artículos de alta calidad, incluso literaria, además de entrevistas a personalidades del momento.

Es imposible reseñar todas las firmas, pero enumeremos algunas. John Updike, Tennessee Williams, Jack Kerouac, Hunter S. Thompson, Arthur C. Clarke, Ernest Hemingway, Truman Capote y Marshall McLuhan escribieron en sus páginas. Gabriel García Márquez publicó ahí el cuento ‘El ahogado más hermoso del mundo’, y Ray Bradbury compartió por entregas su luego famosa novela ‘Fahrenheit 451’.

Esto ayudaba a pensar (¿o a engañarse?) que Playboy era el producto para el varón moderno, quien podía disfrutar tanto de una bella mujer como leer textos edificantes. Era la fusión de los instintos primitivos y la refinación intelectual. Era la ruptura de los tabúes, la liberación de los reprimidos. El símbolo del conejito con corbatín se consagró como parte legítima de la cultura pop.

A Hefner se lo acusa de que, aunque apoyó decididamente causas como los derechos de la comunidad afroamericana y de la homosexual, al mismo tiempo aplastó más a la mujer, al reducirla a objeto no solo de placer sino de comercio.

Hefner, para practicar lo que profetizaba, condujo su vida privada con desenfado y despreocupación, coleccionando mujeres jóvenes y esculturales, lo que exaltaba aún más los estereotipos que Playboy difundía con sus modelos ‘perfectas’. En el camino, la publicidad profesional tomó nota y también optó por las mujeres ‘perfectas’ para los anuncios.

La revista disfrutó de su apogeo en los años 70, pero empezó una competencia, primero sutil y luego abierta, con productos competidores. El más destacado fue Hustler, de Larry Flynt, quien dirigía una revista abiertamente obscena, con mujeres exhibiendo los genitales y luego en actos sexuales explícitos. Flynt, todos lo saben, se metió en líos judiciales y pasó por la cárcel acusado de obscenidad mientras luchaba por el derecho a la libertad de expresión. ¡Ah!, también quisieron matarlo y, aunque el atentado falló, Flynt usa silla de ruedas desde 1978.

Hefner fue más hábil para sortear estos problemas legales y más bien se convirtió en un activo miembro del jet set, sobre todo cuando dejó Chicago para mudarse a Los Ángeles y codearse con las estrellas de Hollywood, que lo amaron.

Pero cedió terreno cuando Liv Lindeland, en 1971, fue la primera mujer en mostrar vello púbico en Playboy.

El carácter intelectual de la revista decayó con la llegada del porno al cine. Y la pérdida del sentido rupturista de Playboy se profundizó con el auge del video casero en los 80, que transformó el mercado de productos para adultos y condujo a la trivialización del sexo: el desnudo ya no tenía ni sorpresa ni misterio. Playboy, desde entonces, fue un producto de tantos, aunque Hefner mantuvo hasta la muerte su filosofía de mujeriego, esa que trajo la liberación de muchos, menos de las mujeres.

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