26 de marzo de 2018 00:00

Los hermanos Cachimuel dan vida a Yarina

Presentación del grupo Yarina en la iglesia de San Francisco, junto con la Universidad Técnica del Norte. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

Presentación del grupo Yarina en la iglesia de San Francisco, junto con la Universidad Técnica del Norte. Foto: Eduardo Terán / EL COMERCIO

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Elizabeth Frías. Redactora (I)
(F-Contenido Intercultural)

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La iglesia de San Francisco fue el escenario de la presentación de Yarina. Entre pan de oro, imágenes católicas y el olor a incienso, la agrupación otavaleña llevó su danza y su música al Festival Internacional de Música Sacra de Quito.

Una procesión con sonidos andinos fue el primer paso para hacer retumbar el lugar y silenciar a los asistentes que llenaron el antiguo santuario.

Yarina tiene 34 años de trayectoria y está conformada por la familia Cachimuel-Amaguaña. Son 11 hermanos, que desde pequeños y por insistencia de su padre aprendieron a tocar varios instrumentos.

Al principio se sentían obligados. Después se convirtió en una manera de vivir para llevar el pan al hogar. Con el paso del tiempo, todos crecieron y estudiaron en colegios de música. Varios hermanos han ganado becas para mejorar en su arte. Así lo comentó Ixcanazim Flores, su director artístico.

Yarina

Cantos Sacros al Maíz se denomina el show que el grupo realizó en San Francisco, el sábado. La Universidad Técnica del Norte los acompañó con coro y danza. Se trató de una presentación y canto en honor a la naturaleza.

El encuentro se realizó unos días antes de que comenzara la Semana Santa. Formó parte del festival organizado por el Teatro Nacional Sucre. Anualmente invita a varias agrupaciones nacionales e internacionales, para proponer nuevas formas de interpretar y entender lo sacro.

La fecha también es importante para la cosmovisión indígena, ya que el 21 de marzo se celebra el Fuego Nuevo.

“En ese día se renuevan los saberes y pensamientos de nuestra cultura”, comentó Ana Cachimuel, coordinadora general del grupo.

El bombo, el charango, el bandolín, las pallas, la zampoña, el rondador y la quena sonaron junto con el violín, la guitarra y el bajo. Para los intérpretes, todos son herramientas fundamentales, con las que fusionan sonidos de la naturaleza y hacen suspirar y bailar a los asistentes.

“La música no es un fin sino es un medio para reclamar los derechos, es una lucha permanente para que el legado no muera, que se recuerde y respete”, aseguró Flores.

La pasión por la música se reflejó durante toda la hora que duró el concierto. Estos hermanos deleitaron al público con una mezcla de sonidos.

“Lo que hacemos es un canto de amor a la naturaleza y al ser humano”, señaló Ana Cachimuel, una de las voces principales de Yarina.

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