11 de septiembre de 2016 00:00

La guerra perdida contra el terrorismo 

Torres gemelas

Los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 quedarán marcados en la memoría de varias generaciones. Foto: Captura de pantalla de un video aficionado

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Grace Jaramillo

La amenaza terrorista se ha convertido en la Hidra de Lerna del siglo XXI. Cada acción para solo reproducir más seguidores. 15 años después de los dramáticos ataques contra el World Trade Center y el Pentágono en Estados Unidos, la amenaza terrorista se ha multiplicado, se ha vuelto compleja y difícilmente predecible.

Ningún país ha tenido la sagacidad de Heracles y los incontables intentos por aplacar las amenazas solo han logrado multiplicar aún más las cabezas de esta Hidra cada vez más impredecible. Pero, ¿qué tan grave es la amenaza y cuánto sabemos realmente de ella? ¿Cuán global es esta amenaza? ¿Cuán preparados están los estados modernos para enfrentarlas? 
Como en muchas cosas, el tiempo y la secuencia de las decisiones políticas y militares que se tomaron antes y después del 11 de septiembre del 2001 fueron cruciales para entender el espiral ascendente que tuvo el terrorismo global en su primer ciclo ascendente, desde el 2001 al 2005, y después, del 2011 hasta este fatídico 2016.

Muchos coinciden en que 1990 fue una década perdida en la lucha contra el terrorismo porque ningún Estado, ni siquiera Estados Unidos, tenía la tecnología o el personal debidamente entrenado para perseguir quirúrgicamente a su nuevo enemigo declarado Al Qaeda. En los 90, Osama Bin Laden pasó de ser un neófito amateur que atacó sin éxito las Torres Gemelas en 1993, a ser el mayor líder de una nueva organización que tenía todo para triunfar: recursos financieros de familias islamistas radicales suníes; un líder carismático y popular y las posibilidades que ofrecía la globalización con más viajes, intercambios y nuevas tecnologías de la información. 


El entonces presidente Bill Clinton tuvo una oportunidad única de eliminarlo en 1999, pero decidió no atacar desde el aire a Afganistán, por el temor de motivar una guerra inte­res­tatal con el régimen talibán que podía tener repercusiones desastrosas para su –hasta entonces- exitoso proceso de paz entre Israel y la Autonomía Palestina. Sin embargo, su intento fallido de atentar contra Bin Laden fue publicidad gratuita para él y su movimiento, que 
-para septiembre del 2001- ya tenía un plan milimétricamente bien montado, para atacar no solo física sino simbólicamente a los más importantes centros de poder económico y militar de Estados Unidos.

Por supuesto, el gobierno de George W. Bush cometió los peores errores de la historia, no solo al ignorar reportes dramáticos sobre la inminencia de un ataque sino por su agresiva campaña para invadir Iraq. Es un hecho indiscutible que su guerra en Iraq cambió para siempre el frágil equilibrio en Oriente Medio, generando una onda expansiva que impactó no solo a la península Arábiga, sino también al sur de Asia y al norte de África.
Para el 2011, una década después del fatídico ataque, cinco países concentraban las tres cuartas partes de los ataques terroristas a escala global: Iraq, Afganistán, Pakistán, India y Somalia (Klarevas, 2011).

De estos cinco países, los tres primeros son casos de daños colaterales directamente ocasionados por la desestabilización causada por la ocupación de EE.UU. en Iraq y el consiguiente estallido de guerras internas contra la invasión estadounidense. En los primeros 10 años se registraron más de 62 000 
ataques fuera de EE.UU. La cifra de muertos superó las 
80 000 personas. En esta segunda ola, Washington logró efectivamente disminuir la amenaza en su propia casa, a costa de agudizar la amenaza terrorista en los países donde operó militarmente. La operación que eliminó a Bin Laden antes del fin de la década, en mayo del 2011, marcó el fin de este segundo ciclo.

Pocos preveían que la Hidra multiplicaría una vez más sus cabezas. Pocos entendieron que el daño de largo plazo estaba hecho: sociedades destruidas por interventores pro-imperiales occidentales en Iraq y Afganistán fueron la perfecta excusa en una región con serios problemas estructurales: el 70% de la población tiene menos de 20 años, la mayoría no tiene empleo fijo, la desigualdad social es extrema, la movilidad social es imposible, con autoridades que imponen estrictos códigos de conducta emanados de la Ley de la Sharia y del Corán.


En este escenario de autoritarismo, la ‘Primavera Árabe’ 
-que despertó aires de libertad en el mundo árabe en el 2011- desató la tercera ola terrorista. Libia, Egipto, Somalia y Nigeria se unieron a los países más azotados por el terrorismo después del 2011, pero nada como Siria. Siria se volvió el epicentro de la guerra terrorista, porque atrajo no solo a un movimiento que pretende captar el control total de territorios y vidas humanas para someterlas: Estado Islámico de Siria e Iraq, mejor conocido como ISIS o Daesch. Aunque ISIS es un subproducto del resentimiento que causó la destrucción en Iraq entre suníes del partido Baatista de Hussein y shías radicalizados, su real poder destructivo está en su capacidad de reclutamiento internacional, en su capacidad para generar terror vía redes sociales y grandes medios y en su atractivo suicida con chicos con serios problemas psicológicos y afectivos en países occidentales. 


Desde el 2011 ha podido reclutar más de 20 000 guerreros en sus filas, de 94 países. Más de 3 400 jóvenes provienen de Occidente, especialmente de Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, EE.UU. y Canadá. Su llamado a ejecutar actos terroristas contra Occidente, en cualquier forma posible, despertó a los llamados ‘lobos solitarios’ que han perpetrado ataques como los de París, Niza, Múnich, Colonia y Ottawa y que se han convertido en la amenaza más difícil de prever. Los ‘lobos solitarios’ se activan en cualquier lugar y con cualquier motivación. En Niza fue un joven víctima de las injusticias sociales y migratorias del sistema francés; en Orlando, alguien trastornado por no poder declarar abiertamente su sexualidad en una familia musulmana…
A pesar de este sombrío panorama, los centros de inteligencia se han vuelto mucho más efectivos para controlar el fenómeno. Solo nos enteramos de sus fracasos, pero la verdad es que solo 1 de cada 7 posibles atentados se lleva a efecto.

La coalición de inteligencia, denominada ‘Five Eyes’ y conformada por las agencias de EE.UU., Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, comparte información todo el tiempo. EE.UU. ha sido, por supuesto, el más eficiente a costa de la manipulación de cuantiosa cantidad de información y cruce de datos de diversas fuentes. 
Por ejemplo, fue la CIA la que avisó a sus pares en Canadá y previno reciente el ataque en Toronto de un terrorista suicida seguidor de ISIS, que cargaba dos explosivos de alta capacidad. La amenaza terrorista seguirá su espiral en ascenso mientras EE.UU., sus aliados y Rusia sigan interviniendo militarmente en la zona y mientras los países de Oriente Medio sigan resistiendo cambios estructurales que ofrezcan no 
solo mejores condiciones de vida para su población sino aperturas democráticas y sociales que alejen definitivamente la violencia como respuesta a la opresión.

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