2 de July de 2015 20:09

El cáncer es más llevadero gracias a los voluntarios del albergue Fudis

Voluntarios, pacientes y familiares fabrican las manualidades que se venden para recaudar fondos para la fundación. Foto: Pavel Calahorrano/ EL COMERCIO

Voluntarios, pacientes y familiares fabrican las manualidades que se venden para recaudar fondos para la fundación. Foto: Pavel Calahorrano/ EL COMERCIO

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Isabel Alarcón
Redactora (I)

Destinar un poco de tiempo para conversar o, simplemente, escuchar a las personas que atraviesan por una situación difícil es lo que motiva a los voluntarios de la fundación Fudis. Su albergue recibe a personas de escasos recursos o que van a Quito desde otras provincias, para recibir sus tratamientos de quimio y radioterapia. Allí se hospedan junto a sus familiares, se alimentan y buscan pasar un momento ameno para distraerse de los malestares por su enfermedad.

Así lo explica Cristian Burgos, unode los voluntarios que acude entre 12 y 15 horas a la semana a la fundación como parte de un programa de pasantías, necesario para graduarse de la universidad. Aunque está cerca de terminar con las horas requeridas, continuará apoyando al albergue y a las personas que “necesitan de una mano”.

Por otro lado, David Basante ya cumplió con las horas que exigía su universidad, pero la relación que construyó con los pacientes y las personas del albergue lo ha motivado a continuar asistiendo todas las semanas. Situaciones similares que ha vivido en su familia le han enseñado que “en cualquier momento uno también puede necesitar de una mano amiga”, cuenta el joven de 20 años y voluntario por más de un mes.

Ambos jóvenes se sientan cada día junto a otros estudiantes a realizar manualidades que después se venden al público para recaudar fondos para la fundación. Pacientes y familiares también los acompañan en este trabajo como parte de su terapia ocupacional. Este es el momento que entablan una relación de amistad: mientras realizan las obras artísticas, intercambian anécdotas, los hacen reír y conversan de temas que los alejan de su enfermedad.

No siempre se puede conversar con los pacientes, dice Basante. Muchas veces llegan cansados después de recibir quimioterapia y lo que necesitan es descansar. Es por eso que sus esfuerzos también se enfocan en “mantener el lugar limpio y un ambiente ameno”. Los voluntarios trapean el piso, ayudan en la cocina y ponen la mesa para que todos disfruten del almuerzo.

Para Amparo de Páez, directora ejecutiva de Fudis, contar con los voluntarios es una gran ayuda. En una ocasión -recuerda- uno de los jóvenes realizó un proyecto en el que motivó a toda su familia a participar y consiguieron 13 regalos que después se rifaron para recaudar USD 2 000. Además, en Navidad se organizan para recolectar ropa usada, venderla para tener ingresos y sostener la casa.

Lo más gratificante es observar que no lo hacen solo por cumplir con un requerimiento académico o con un fin económico -cuenta Páez-, sino que se comprometen con la causa, continúan asistiendo y “hacen cosas que ni siquiera hacen en su hogar”, como lavar los platos.

Las clases de computación también están a cargo de los jóvenes. Muchas veces los familiares pierden su trabajo por sus viajes constantes a la capital para que hijos, padres, sobrinos o nietos reciban las terapias. Con las horas que reciben de computación, se busca que adquieran nuevas destrezas para encontrar un mejor trabajo en el futuro.

Vicky Puentes es una de las voluntarias más antiguas de la fundación. Hace cuatro años llegó al albergue con la intención de donar ropa por un anuncio que vio en la TV. Desde entonces empezó con el voluntariado, una fuente de alegría. Ella se encarga de la cocina y, a través de la preparación de sus platos, ha aliviado la vida de quienes acuden al albergue.

El recuerdo que más emoción le causa es de cuando preparó un ajiaco de su tierra. El paciente, desde su cuarto, pidió conocer a la persona que había hecho el platillo para felicitarla y pedirle que continúe preparándolo mientras él estuviese en el albergue.
Pocos días después el hombre falleció, pero Puentes nunca olvidará la satisfacción que brindó a una persona a través de sus platillos. Esa es una motivación para continuar.

Glenda Jaramillo se ocupa del local donde se venden donaciones de ropa, zapatos y artículos del hogar, “ a precios cómodos para mantener a la fundación”. Hace ocho años se enteró de la existencia del albergue mediante otra voluntaria que asistía a su taller de oración.

Desde que empezó a asistir, su intención ha sido dar palabras de aliento a las personas enfermas de cáncer para que se sientan como en su casa, aunque estén lejos de su hogar. En Fudis solamente trabajan cuatro personas, por eso se sostienen del voluntariado.

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