11 de noviembre de 2015 16:01

Libros tocan puertas en favela de Brasil, territorio hostil a la lectura

Fachada de una casa en una de las favelas de Río de Janeiro. En este lugar se busca incentivar la lectura.

Fachada de una casa en una de las favelas de Río de Janeiro. En este lugar se busca incentivar la lectura. Foto: AFP

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Agencia AFP

Invadieron una favela de Rio de Janeiro, pero esta vez no fue la policía, ni tampoco el narcotráfico. Son decenas de contadores de historias que puerta a puerta entregaron libros para fomentar la lectura en un territorio hostil a este hábito.

Y no sólo en las favelas es extraño encontrar a personas leyendo, es en los buses, metros o cafés de todo Brasil, que tiene 13 millones de analfabetos mayores de 15 años, más de 8% de la población total.

Millones más -otro 17,8% de la población- son analfabetos funcionales: conocen letras y números pero no comprenden lo que leen o no saben sumar ni restar.

Un 85% de los brasileños ve televisión en su tiempo libre, frente a 28% que prefiere leer periódicos, revistas o libros, según un estudio realizado por la encuestadora Ibope en 2011.

Ana Livia Farias, una pequeña habitante de la favela Babilonia de Rio de Janeiro, en las alturas de Copacabana, es una de ellas. “No sé, no me gusta leer. Prefiero ver tele” , dijo a la AFP esta niña de 11 años.

Pero al pararse frente a varios cajones de madera llenos de libros, no resistió la tentación de echar un vistazo. Eran gratuitos, dispuestos para la población de Babilonia y la favela contigua Chapeu Mangueira, que acogieron la Fiesta Literaria de las Periferias (FLUPP) que se organiza en Rio desde hace cuatro años.

Julia Sabina, de 11 años, tiene en la mano 'Minha Querida Assombraçao' (Mi querido espanto) de Rodrigo Rosa y Reginaldo Prandi, y 'O Beco de Sete Facadas' (El callejón de las siete puñaladas) , de Carlos Mero.

"Un amigo sabía que los quería leer y me los guardó. Hoy comienzo. Soy adicta a la lectura, me devoro los libros", señaló emocionada esta chica que estudia sexto grado y parece ser una excepción a la regla.

Ana Livia se fue también con libro en la mano. "Voy a leerlo, claro que voy", prometió.

La FLUPP se organiza en comunidades pobres de Rio, algunas de las cuales atraviesan un proceso de ocupación policial para acabar con el control que por décadas tuvo el narcotráfico en estas zonas, al menos gradualmente.

El festival incentiva la publicación de nuevos autores como Raquel de Oliveira, que escribió una novela autobiográfica sobre los tres años en que fue la mujer de un poderoso jefe del narcotráfico, hasta que éste murió en un sangriento choque con la policía.

“Existe una literatura negra, femenina, gay, surgiendo en las periferias de Brasil y eso lo considero importante porque trae nuevas voces y renueva la literatura brasileña como un todo”, explicó Ecio Salles, uno de los creadores de la FLUPP.

Apagar el televisor 

Por las escalinatas de Babilonia, Bruno Silva de Fonseca, de 21 años, sube hasta la casa donde Aurea Elis da Silva (12) vive desde hace seis meses, tras llegar con su familia de Sao Vicente Ferrer, un pequeño pueblo del pobre noreste brasileño.

La modesta vivienda queda al final de un pasadizo húmedo y oscuro debido a los altos muros de las casas vecinas. Al entrar a la pequeña sala, Bruno, que es voluntario en un grupo de contadores de historias de una universidad de Rio, es recibido por un gigantesco televisor encendido.

Lo apagan, y el ruido del programa es sustituido por la lectura de un libro de poesía infantil. Hasta el perro Floquinho se queda quieto, atendiendo al relato.

Primero lee Bruno, y luego la niña. “Lee primero en tu mente, con calma y después poco a poco arranca”, le aconseja el estudiante. “Me encantan las rimas”, comenta Aurea riendo.

Los voluntarios recorrieron 450 casas de la comunidad para entregar libros a los habitantes, un hogar por cada año de la ciudad de Rio.

Antes de irse de la casa de Aurea, Bruno le regala el librillo. “Esta noche sigo con mi hermana”, promete la chica, que confiesa cierta preferencia por la televisión a pesar de los libros que toma prestados de una pequeña biblioteca en la comunidad.

El estudio del Ibope mostró que un 68% de los encuestados nunca vio al padre leer y un 63%, a la madre. Pero Elisangela Nascimento, que lee poco o nada porque llega a casa agotada tras una larga jornada como empleada doméstica, asegura que siempre incentiva a sus hijas a leer.

“Pero ahora me les voy a unir, va a ser también bueno para mí apagar el televisor y sentarme con mis niñas a leer”, dice.

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