30 de julio de 2017 00:00

Escritores del mundo, sí, pero traducidos al inglés

James Joyce publicó Finnegans Wake. Para Ricardo Piglia, marca el fin de la novela, por intraducible.

James Joyce publicó Finnegans Wake. Para Ricardo Piglia, marca el fin de la novela, por intraducible. Cervantes con ‘El Quijote’, hace una traducción -ficticia- de un manuscrito de Cide Hamete Benengeli.

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Santiago Estrella
Editor  (O)
sestrella@elcomercio.com

En esta semana que termina, el Instituto Cervantes, que busca la expansión mundial de la lengua española, reiteró la necesidad de seguir creciendo en Estados Unidos, en donde el 10% de la población habla las múltiples variantes del castellano. Esta decisión, que no es nueva por cierto, ocurre mientras algunos sectores académicos estadounidenses miran el decrecimiento del español en los centros universitarios.

En uno de los paneles del último congreso de la Latin American Studies Asociation (LASA), en Lima el pasado mayo, una profesora de una universidad estadounidense contaba preocupada sobre la merma considerable en las matrículas para español. Otros profesores cuentan que cada vez más se piden clases de literatura latinoamericana en inglés, por tanto en una traducción. Ocurría con el español, pero también con otras lenguas.

Una primera reacción, epidérmica siempre, puede ver en el tema una proyección de la coyuntura política estadounidense. Sería una ingenuidad acusar a su actual Presidencia: el fenómeno Trump se constituye desde mucho antes y lo que ocurre en la academia puede tener otras causas, que serían imposibles de agotar.

Hay una corriente académica de estudios literarios, que no es nueva, pues su término fue acuñado por Wolfgang Goethe, en 1827, como. “Weltliterature’, que en inglés sería “World Literature” y en español “literatura mundial”. No es, como podría parecer a primera vista, aquella simple categorización que se hacía en la malla curricular secundaria e incluso universitaria: acá se leía literatura española, literatura ecuatoriana y literatura universal o extranjera. Se trata, en el caso de la academia estadounidense, de un proceso de homogeneización cultural en el que las diversas lenguas se someten a la lengua inglesa.

Para David Damrosch, uno de los teóricos más importantes de esta corriente con el libro ‘What Is World Literature?’, se trata de la elaboración de un canon de literaturas extranjeras en su traducción y en su circulación por la academia estadounidense.

Damrosch no descarta un proceso imperial en esto (él usa la palabrA): no deja de ser una elaboración canónica de una literatura ajena -persa, china, croata, africana, latinoamericana- que ingresa al círculo de las lenguas de las naciones poderosas. No es un fenómeno reciente. Ha habido una larga construcción para superar las fronteras de lo euro-estadounidense y ampliar fronteras. Desde finales del siglo XIX, se instituyó en las universidades de EE.UU. el estudio de la literatura hispana. En el siglo XX surgieron las primeras colecciones de literatura extranjera, que al comienzo eran clásicas y obras maestras europeas. Con el paso de los años, afianzándose en los 90, comenzaron a abrirse camino editorial otras regiones lejanas. Y quizá algunas sorprendentes, como el testimonio ‘Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia’, que algunos incorporaron como material de lectura canónica.

Estados Unidos ocupa -o por lo menos comparte- el lugar que antes poseía Francia, que decide qué se incorpora en la lista de las piezas maestras que son las que ‘deben’ leerse, pero siempre y cuando esas obras sean una traducción.

En principio no está mal. La novela nace con una traducción -‘El Quijote’- y muere con una novela intraducible: ‘Finnegans Wake’, de James Joyce, sostiene Ricardo Piglia. Y aún se vive aquella angustia en los intelectuales, heredada de tiempos medievales, sobre la imposibilidad de leer todo lo que se publica, como nos recuerda Roger Chartier, ante las traducciones de la infinita producción literaria. Y las traducciones, es verdad, pierden vigencia con el tiempo, por lo que una obra requerirá siempre nuevas traducciones.

La ensayista argentina Beatriz Sarlo, en una entrevista con el Club de Traductores Literarios de Argentina, decía que incluso las traducciones son posibles de leer cuando los lectores son capaces por lo menos de imaginar cómo son sus lenguas originarias. Leer a Sándor Márai, decía, le parecía algo casi imposible porque no podía imaginarse la lengua húngara. Jorge Luis Borges, en cambio, entendía, en contra de toda convención, que una traducción podía mejorar un original -algo semejante pensaba Goethe-, porque es un modo de leer. Es como ese chiste borgiano: leyó por primera vez el Quixote (inglés) cuando niño y cuando leyó el Quijote en castellano, le pareció una pésima traducción.

La consolidación del World Literature tiene tres vertientes: la académica, la política y la editorial. De las primeras colecciones importantes de literatura traducidas hay dos de la primera década del siglo XX. En 1910 se editan 50 obras en la colección The Harvard Classics, en la firma P. F. Collier and Son, cuyo editor general fue el presidente de Harvard, Charles W. Eliot. Un año antes, bajo el sello Funk & Wagnalls, The Best of World’s Classics, se editaron 10 volúmenes que dirigió el senador republicano Henry Cabot Lodge.

La publicación de Harvard corresponde a una mayor preocupación académica o educativa: expandir el horizonte de los lectores con el encuentro cultural, además de poner tempranamente sobre el tapete el debate de la globalización: “¿expandir comunicación e interconexión abre un mundo rico en diversidad o dejará como resultado la pérdida de las culturas minoritarias y sus lenguas, una horrorosa caída que solo nos conducirá en una comercializada monocultura global?”.

Las intenciones de Cabot Lodge son del ámbito político. A diferencia del cosmopolitismo de Eliot, promueve un “discurso público nativista”, cuya producción en inglés permitirá el reforzamiento “de la unidad racial y la herencia cultural”. La producción foránea que ingresa debe conformar a la cultura local que la recibe para formar mejores ciudadanos y que se habrían de fortalecer en un contexto de crecimiento migratorio, en la primera década del siglo pasado.

Quién sabe si algo de eso hay en el fenómeno que ocurre hoy en los centros académicos con las lenguas foráneas, pero también hay razones editoriales. Hasta se puede hablar de que hay una balanza comercial asimétrica, algo de lo que se habían quejado los académicos en los años 80 y que pervive hoy. En 1987, recuerda Damrosch, los editores brasileños se llevaron más de 1 500 traducciones de obras al portugués, pero solo hubo 14 traducciones al inglés de literatura brasileña.

El riesgo es que los escritores de nuevas generaciones escriban pensando en la traducción, que quieran ser desde el inicio autores del World Literature. Es cierto que Goethe veía inútil buscar solo la tradición literaria de una lengua y no enriquecerse con otras. Pero es la preeminencia de esa lengua la que permite que exista un contexto: se escribe desde un contexto y se lee desde un contexto. Luego se verá si la academia estadounidense, como antes la francesa, dicta cuáles son las piezas que deben ingresar al canon, pero a través de la ttraducción.

David Damrosch

‘What is World Literature’ (¿Qué es literatura mundial?’, 2003), es uno de los trabajos de este profesor de literatura comparada de Harvard y director del Instituto de World Literature. Otros son ‘¿Cómo leer literatura mundial’ (2008), la Longman Anthology of World Literature (2004) y la colección The Routledge Companion to World Literature.

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