2 de February de 2014 00:02

Sexo e inconstancia en el poder francés

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Juan de Mairena, el profesor que creó el español Antonio Machado en 1936, recurrió a una broma para sostener que los hombres públicos, sobre todo políticos, se ven obligados a usar máscaras y que aquello podría derivar en un "mal ensayo de comedia". Mairena decía a sus alumnos de Sofística que "un hombre público que queda mal en público es peor que una mujer pública que queda mal en privado".

Quizá esa frase no le quepa del todo al presidente de Francia, François Hollande. Ni siquiera a sus predecesores. Las historias de alcoba de los mandatarios franceses han sido fuente de rumores, libros, chismes, pero no han sido determinantes para su vida pública, como sí pudiera ocurrir en el victoriano mundo anglosajón.

Una encuesta de Le Jornal de Dimanche afirma que para el 84% de los franceses sus aventuras con Julie Gayet no afectaron en nada su imagen. El problema para Hollande es que ya estaba deteriorada. Su aceptación como político alcanza apenas el 22%.

Solo Dominique Strauss-Kahn, expresidente del Fondo Monetario Internacional, tuvo que renunciar a sus aspiraciones presidenciales por el socialismo, no por ser un adicto al sexo en sí, sino por la denuncia de supuesta violación de una camarera de un hotel de Nueva York. Su lugar lo ocupó el mismísimo Hollande, quien ya había mostrado su pasión por los triángulos: dejó a la madre de sus hijos, la también presidenciable Ségolène Royal, para irse con la periodista Valerie Trierweiler, la ahora 'víctima' de los affaires de su ya 'ex'.

En Francia siempre se habló de un pacto de silencio de los medios de comunicación sobre los romances presidenciales. Pero siempre hubo alguno que lo transgrediera para desatar una vorágine de publicaciones sobre aquellas historias.

En el mundo anglosajón la prensa no perdona la infidelidad. Aunque tampoco repercutió en destituciones. Kennedy, Clinton y Roosevelt nunca corrieron peligro a pesar de los escándalos.

Si Hollande recordará para siempre las fotos publicadas en 'Closer', François Miterrand, gobernó los dos últimos de sus 14 años de gobierno (1981-1995) con el escándalo que reveló la revista 'Paris Match' el 3 de noviembre de 1994: la existencia de Mazarine Pingeot, su hija extramarital. Era algo que se conocía en círculos periodísticos, pero solamente repercutió en investigaciones luego de la edición de aquellas fotos.

Que los franceses se muestren tolerantes ante esas infidelidades, no quiere decir que no quieran hablar y leer de ellas. Y no solamente desde esa pasión morbosa que podría generar la historia íntima de los poderosos, sino que la sociedad necesita rebelarse de la represión en contra de la sexualidad mediante el discurso.

"El sexo debe ser dicho", sostiene el filósofo francés Michel Foucault en su libro 'Historia de la sexualidad'. "Lo esencial -escribe- es la multiplicación de discursos sobre sexo en el campo del ejercicio del poder mismo: incitación institucional a hablar del sexo, y cada vez más; obstinación de las instancias del poder en oír hablar del sexo y en hacerlo hablar acerca del modo de articulación explícita y el detalle infinitamente acumulado".

No deja de ser curioso que esos discursos adquieran tonos humorísticos cuando se trata de los affaires de los poderosos. En los tiempos del casanova Napoleón III, quien gobernó de 1848 a 1870, se acunó la frase "¡Ah, la liberté, égalité…. Infidélité!" A la esposa de Charles de Gaulle, los franceses la llamaban "la tía Yvonne".

Bernardette, la esposa de Jacques Chirac, reconoció que las mujeres "galopaban" detrás de él. El presidente entre los años 1995-2007 reconoció que las mujeres eran su debilidad. Y si se toma en cuenta lo que publicó su ex chofer, Jean-Claude Laumond, había algo más que una debilidad: "¿Chirac? Tres minutos, con ducha incluida".

La imagen de un sexagenario subido a una motoneta tipo Vespa, con un casco que lo hacía parecido a Gazú (el extraterrestre de los Picapiedras) para reunirse con su amante, una actriz 18 años menor a él, ha dado lugar a las bromas. El semanario Charlie Hebdo publicó una caricatura en que se va Hollande con el pene al aire, que dice: "Yo, presidente".

Del comportamiento sexual de Hollande solo queda la conjetura. Pero la tentación ha sido interpretar lo que Gayet dijo de él en un spot para la campaña presidencial: una persona "maravillosa", "humilde" y "que presta mucha atención", todo un elogio para un hombre público. Con esas virtudes, pareciera que la monogamia es algo difícil de mantener, por no decir imposible.

El inglés John Donne (siglo XVII), escribió en su poema 'El Indiferente', que la idea de la fidelidad atormenta a aquellos que la practican y, por tanto, la exigen. Venus, quien acude en auxilio de ese hombre que sufre por esa demanda erótica, sentenciará: "Puesto que queréis ser fieles, / fieles seréis con aquellos que os traicionen".

Hollande debió afrontar su infidelidad con la prensa cuando anunciaba su plan económico. Poco importó a los medios el futuro del país ante la crisis europea. Todos querían saber de Julie y de su futuro con Trierweiler. Él dijo que es un tema privado. Pero si tuviera una cuenta de Facebook, como dijo el humorista argentino Adrián Stopelman, cambiaría su estado sentimental a "c'est compliqué" (es complicado).

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