5 de marzo de 2017 00:00

Una comuna de Santa Elena saca a flote su pasado Valdivia

La comuna está anclada en la Península de Santa Elena , frente al Pacífico

La comuna está anclada en la Península de Santa Elena , frente al Pacífico. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

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Elena Paucar
Redactora (I)

El espíritu de Adán Lindao se refugia en el Museo Real Alto. Se pasea entre las vitrinas que atesoran figurillas de Venus y evoca a ese pueblo Valdivia, que habitó estas tierras hace más de
7 000 años.

En la parroquia Chanduy, de Santa Elena, en la costa del Pacífico, surgió una de las primeras aldeas agroalfareras del nuevo mundo, un paisaje fértil que cambió bruscamente por una sequía que ni siquiera fue aliviada por los ruegos al Señor de las Aguas de Colonche. Desde carteles pintados con plumilla, don Adán cuenta que con el tiempo se convirtió en un pueblo de pescadores.

Junto al mar, la comuna El Real es tan antigua como este relato. Tiene 1 400 habitantes y el 90% vive de la pesca.  Antes del 2013, en sus redes solo caían langostas, robalos, corvinas y camarones. Fue así hasta que empezó el cultivo de ostras del Pacífico (Crassostrea gigas), un proyecto de maricultura promovido por el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca.

Las semillas, de apenas milímetros, se esparcen como retazos de papel en las húmedas manos de Manolo Cruz. El zarandeo de la panga, que navega a una milla de la playa, no le impide inclinarse por la borda para levantar una de las jaulas sumergidas en el agua verdosa.

Están sujetas a boyas, como aprendieron en los talleres de capacitación. En una celda circular, cubierta de malla, acabaron de sembrar 3 000. Dentro ocho meses tendrán la talla comercial de 8 centímetros.

“Al principio pensábamos que dañaríamos el ambiente, porque no es una especie endémica -dice Cruz-. Pero ahora hay una especie de arrecife artificial, con semillas de peces que antes no existían. Es un proyecto ecoproductivo”.

El Centro Nacional de Acuicultura e Investigaciones Marinas de la Politécnica del Litoral provee las semillas. El laboratorio comenzó el cultivo de esta especie japonesa en 1990.

Los comuneros de El Real las compran en USD 0,01 y cuando crecen las venden entre USD 0,50 y 0,80. Algunos hoteles y restaurantes cinco estrellas son sus clientes y las ganancias van a una caja común, que los saca de aprietos cuando la pesca no es buena.

Juan Cruz es el presidente de la Cooperativa El Real. Está inte­grada por 50 pescadores artesanales y 37 incursionaron en el cultivo de ostras. “Antes esta era una zona de Spondylus, pero se terminó. Ni la semilla nos quedó”, cuenta.

El mullu o Spondylus prínceps era el alimento de los dioses. En el Museo Real Alto reposan las valvas secas como un recordatorio del oráculo Valdivia. Antes de que se hablara del evento El Niño, los chamanes de este pueblo ya habían relacionado la abundancia del mullu en las costas -por la temperatura elevada del océano-, con las grandes lluvias.

Los carteles de don Adán narran que en el 3 600 a.C. ya había hábiles buceadores que ­nadaban en estas cálidas aguas en busca de mullu, a 15 y hasta 30 metros de profundidad. Hoy, los hijos de Juan Cruz se sumergen cerca de las 3 hectáreas concesionadas para la siembra de ostras. “El fondo está lleno de ollas de barro. Hasta huesos han encontrado”.

Las hileras de boyas en la superficie son la señal del cultivo. Aquí hay más de 350 jaulas, entre semilleros y cestos de engorde; y cada mes hacen una nueva siembra.

Su único aporte es la limpieza semanal de las mallas. Y de la alimentación no hay por qué preocuparse. “Son filtradoras. Se alimentan de fitoplancton”, dice Jefferson León. Los buenos resultados motivan a estos comuneros a experimentar con otras especies.

“Pero eso sí, la pesca nunca morirá”, dice el presidente Cruz. En esta tierra han encontrado anzuelos de concha madreperla, pesos de red, restos de bagre de mar, jurel, lisas, pinchaguas y Spondylus.

El Real ya existía en la época Valdivia. Era parte de una extensa comunidad, de unos 2 400 habitantes, y un gran centro ceremonial, uno de los más antiguos de América que fue descubierto en 1971 por el arqueólogo Jorge Marcos. Don Adán, un antiguo comunero ya fallecido, lo cuenta al final del recorrido por el museo, antes de despedirse para regresar al mundo de los espíritus.

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