2 de septiembre de 2016 00:00

La edad no consagra a un tsáchila como chamán

Manuel Calazacón practica los rituales de curación de nativos tsáchilas. Foto: Juan Carlos Pérez/PARA EL COMERCIO

Manuel Calazacón practica los rituales de curación de nativos tsáchilas. Foto: Juan Carlos Pérez/PARA EL COMERCIO

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Bolívar Velasco
Redactor
bvelasco@elcomercio.com
(F-Contenido Intercultural)

El tsáchila va perfeccionando su ‘pureza’ que manda la tradición de su nacionalidad, a medida que suma años de vida.
Si en el transcurso de ese tiempo se aproxima al modo de vivencia que sobrellevaron sus antepasados, puede entenderse como el inicio de una carrera para convertirse en un sabio de la medicina y experto de las tradiciones de la etnia.

Es lo que ellos llaman chamán o poné, que es la máxima dignidad que alcanza un nativo dentro de su comuna.
Pero para llegar a este nivel, no necesariamente se debe tener una avanzada edad sino un estricto apego a varias prácticas y costumbres.

Estas van desde la alimentación, prudencia en la convivencia, uso de la vestimenta, cumplimiento de las normas y la carrera para ser poné.

Henry Calazacón, el coordinador de los chamanes, explica que debido a estas exigencias no todos los practicantes de la medicina ancestral llegan a ser expertos.

Según el censo, que sirvió para elaborar el ‘Reglamento de la Práctica de la Medicina Ancestral’, solo el 30% (más de 30)
de las 103 personas que ejercen esta actividad son ponés.

El resto está dentro del grupo de practicantes, vegetalistas, sobadores o parteras, como es el caso de las mujeres.
Calazacón comenta que ellos iniciaron su carrera a partir de los 30 años de edad y por lo menos conocen el poder de sanación de al menos unas 120 plantas y árboles curativos.

La diferencia con los ponés es que ellos son mayores de 65 años de edad y para ascender debieron cumplir unos 12 años como aprendices.

Richard Aguavil tiene 24 años de edad y aunque le faltan seis años para involucrase como ayudante, anticipó su carrera para convertirse en futuro poné, primero estudiando las plantas del bosque de la comuna Colorados del Búa.

También trata de vestir a diario como todo nativo, con el achiote en el cabello, las rayas negras en la piel y con la manpe tsanpa, la falda tsáchila para los hombres.

En la etnia es uno de los jóvenes referentes que hace esfuerzos para lograr el máximo peldaño de los tsáchilas.

El gobernador de la nacionalidad, Javier Aguavil, dice que el caso de Richard Aguavil es excepcional, porque hoy en día los jóvenes se dejan llevar por las costumbres de los citadinos. Por ejemplo, adoptan las formas de vestir de los mestizos, consumen sus alimentos (comida chatarra) y hasta hablan el español y no el tsáfiqui.

Es por eso que Javier Aguavil considera que desde el hogar se debe empezar a inculcar las costumbres a los niños, porque tarde o temprano ellos serán las nuevas generaciones que ayudarán a mantener las tradiciones tsáchilas.

El poné de la comuna Peripa, Manuel Calazacón, siempre aparece acompañado de uno de sus nietos en cada ritual.

Él desea que Alan, de 9 años, se forme como poné y para eso le da pequeñas charlas sobre chamanismo. Lo que hasta ahora conoce el niño de su abuelo es el antiguo ritual con el que los ancestros invocaban a sus dioses para que la tierra merme los temblores.

En julio pasado, el niño vistió el atuendo tsáchila y observó de lejos cómo se desarrolló el rito para la madre naturaleza.
Calazacón asegura que no es prudente que los niños se aproximen a los elementos simbólicos, porque las energías que se liberan podrían debilitarnos en su proceso de crecimiento.

Eso lo sabe Alan a la perfección, porque su abuelo le contó, por ejemplo, que las piedras de cuarzo al entrar en contacto con los menores le electrizan hasta las entrañas.

Debido a ello, apenas se limita a desgranar el achiote que desciende de los árboles que están cerca de su casa.
De esa forma también aprendió que esa pepa rojiza sirve para protegerse de enfermedades, según las leyendas.

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