14 de mayo de 2017 11:20

Las dos caras de un país al vivir con monedas extranjeras

Los países no siempre manejan bien su política monetaria y han tenido que adoptar una moneda extranjera. Pero eso no siempre ha sido una garantía para la estabilidad. Foto: Paxabay

Los países no siempre manejan bien su política monetaria y han tenido que adoptar una moneda extranjera. Pero eso no siempre ha sido una garantía para la estabilidad. Foto: Paxabay

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César Augusto Sosa
Macroeditor (O)

El malestar por no tener una moneda propia se ha manifestado recientemente en Francia y Grecia, pero también se ha sentido en Zimbabue, El Salvador, Ecuador y Argentina.

La historia económica de la mayoría de estos países se ha caracterizado por haber llegado al límite de adoptar una rígida política monetaria, como una medida para superar problemas económicos que se salieron de control. En los casos de Ecuador, El Salvador o Zimbabue la decisión fue renunciar a sus monedas y adoptar una extranjera: el dólar.

Francia y Grecia, en cambio, al decidir formar parte de la Unión Europea, adoptaron la moneda común del bloque: el euro. En esos casos, la decisión se dio en el marco de un proceso de integración regional, en el cual la moneda común era parte del plan.

Sin embargo, Grecia gastó por muchos años más de lo que tenía y acumuló una deuda que llegó a USD 358 000 millones en el 2015, que simplemente no podía pagar. Las autoridades europeas le exigieron que adopte un plan de ajuste a cambio de ayuda. El entonces ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, demandó más libertad para manejar la economía y planificó la creación de un sistema de pagos electrónico para cumplir las obligaciones del Estado con los acreedores.

Y esa fue la recomendación que Varoufakis le dio al Ecuador hace dos semanas, en una charla organizada por el Instituto de Altos Estudios (IAEN). Ahí dijo que no se está explotando todo el potencial del dinero electrónico en el país, que actualmente es un medio de pago. Su planteamiento fue utilizarlo para pagar a proveedores del Estado o atrasos con el sector privado.

Algo similar quería hacer Marine Le Pen, la candidata ultraderechista que disputó la Presidencia de Francia hace una semana. Durante la campaña electoral defendió una serie de políticas nacionalistas, entre ellas, la resurrección del franco como moneda nacional. Quería ponerla a circular en paralelo con el euro, el cual serviría para las transacciones internacionales.

Le Pen culpa al euro de ser uno de los principales problemas económicos de Francia, por lo que era necesario emitir su propia moneda. Su plan de Gobierno obtuvo el apoyo del 34% de los votantes.

Mientras unos países buscan recuperar el manejo de su política monetaria, otros demostraron que no pudieron con esa tarea, como pasó en África hace menos de una década.

Zimbabue, uno de los países más pobres del mundo, decidió dolarizar su economía en el 2009, luego de que el Banco Central de ese país no pudo detener una hiperinflación que llegó a 12 dígitos y que terminó pulverizando el poder adquisitivo de sus habitantes.

“La inflación de Zimbabue ha empujado a sus habitantes hacia la pobreza y ha forzado a millones de ellos a emigrar. Entre 1997 y el 2007 la inflación acumulada era de casi 3 800 000 000%, mientras el nivel de vida se cayó en un 38%”, escribió Steve Hanke, profesor de economía en la Universidad Johns Hopkins, en agosto del 2008.

Entre el 2007 y el 2009, en Zimbabue se llegaron a imprimir billetes de 100 billones de dólares zimbabuenses, que apenas alcanzaban para comprar pan (su valor real era de USD 0,40).

Y es que los países suelen dejar que los problemas lleguen al límite antes de tomar medidas, las cuales suelen ser radicales porque el problema ya entró a una fase terminal.

A inicios de la década de los noventa, Argentina se vio obligada a dar un giro radical en su política económica para superar la espiral de déficits fiscales, devaluaciones y emisión de billetes sin respaldo. Lo anterior llevó al país a conocer por primera vez la hiperinflación a fines de los 80.

A inicios de los 90, una de las medidas aplicadas por el entonces presidente Carlos Menem fue implantar la convertibilidad, un esquema monetario que obligaba al Banco Central a emitir billetes en moneda nacional siempre que exista el respaldo en dólares, de tal forma que se pudiera mantener en el tiempo la relación de un peso por dólar.

Argentina logró sostener la convertibilidad por 11 años, luego de que las autoridades no pudieron resistirse a la tentación de imprimir más billetes de los que podían respaldar. La salida de la convertibilidad se tradujo en más inflación y devaluaciones, aunque las autoridades recuperaron el manejo de la política monetaria.

Pero de nada sirve desarmar los esquemas monetarios rígidos si la alternativa es repetir los problemas del pasado.

El caso más reciente es Zimbabue, que decidió abandonar la dolarización el año pasado debido a la escasez de divisas en el mercado y la imposibilidad de realizar transacciones.

En noviembre lanzó unos “bonos de obligación”, cuyo solo anuncio provocó en las semanas previas un movimiento de pánico en la población, que acudió en masa a los cajeros automáticos a retirar dólares por temor a un retorno de la hiperinflación, según reportes de la agencia AFP.

El día que empezó a circular la nueva moneda en Zimbabue, en gasolineras y comercios comenzaron a aplicarse dos tarifas: una en dólares de EE.UU. y otra para bonos.

A este fenómeno se lo conoce como la Ley de Gresham, la cual explica que cuando circulan simultáneamente dos monedas y una de ellas genera desconfianza, al final termina expulsando del mercado a la moneda buena. La gente prefiere guardar la buena y utilizar la otra para las transacciones diarias.

La desdolarización en Zimbabue fue posible porque este país está gobernado con mano de hierro por Robert Mugabe desde 1980. En cambio, en El Salvador o Ecuador, la dolarización tiene el apoyo de la población, pese a la incomodidad de algunas autoridades.

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