25 de diciembre de 2016 00:00

Las democracias del mundo se encuentran en un momento de cambio 

El impacto mundial por el crimen del embajador ruso en Turquía hizo pensar en una escalada entre ambos países. Empero, Putin y Erdogan dijeron que la tragedia los unió más. Foto: AFP

El impacto mundial por el crimen del embajador ruso en Turquía hizo pensar en una escalada entre ambos países. Empero, Putin y Erdogan dijeron que la tragedia los unió más. Foto: AFP

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Agustín Eusse
Editor (O)

El mundo asiste a un nuevo tipo de liderazgo frío, calculador y autoritario que busca reconfigurar la geopolítica. Las últimas declaraciones del presidente de Rusia, Vladímir Putin, parecen confirmarlo. El Mandatario de 64 años está seguro de que hoy en día su país es más fuerte que cualquier agresor potencial.

Reunido con altos mandos de Defensa, el comandante supremo, como lo califica la agencia de noticias Russia Today, fijó las prioridades de su Ejército para el 2017. Una de ellas es reforzar el potencial nuclear de su país y la vigilancia en sus fronteras.

El anuncio del apático líder se dio luego de que el gobierno sirio de Bashar al Asad confirmara que su Ejército retomó el control total sobre la ciudad de Alepo, luego de expulsar -con apoyo militar de Moscú- a los grupos rebeldes. El régimen sirio consiguió así su mayor victoria contra las milicias opositoras desde el inicio de la guerra en el 2011, que ha causado más de 310 000 muertos y millones de personas que han huido hacia Europa.

Putin destacó que el potencial de las Fuerzas Armadas rusas superó con éxito la prueba de solidez “en la lucha contra los terroristas internacionales en la República Árabe Siria”.

En esa misma línea de confrontación, reaccionó el presidente electo de EE.UU., Donald Trump. El estrambótico magnate de 70 años se mostró partidario de “fortalecer y expandir” la capacidad nuclear de su país hasta que “el mundo entre en razón” con respecto a las armas atómicas.

Vladímir Putin, Donald Trump, el déspota Bashar al Asad, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, el controvertido mandatario de Filipinas, Rodrigo Duterte (que reconoce haber asesinado a criminales y narcotraficantes), y otros líderes de ultraderecha que han aparecido en la arena política europea como Nigel Farage, en Gran Bretaña, y Marine Le Pen, en Francia, son dignos representantes de esta oleada populista que ha puesto de cabeza al mundo.

Algunos son líderes con rasgos autoritarios que, como el caso de Bashar al Asad, quien gobierna Siria desde el año 2000, han conmocionado a la opinión pública internacional por cometer un genocidio.

La Rusia de Putin se parece mucho al fascismo. La Turquía de Erdogan está pasando rápidamente de la democracia autoritaria al fascismo, y la Hungría de Viktor Orbán ya es una democracia autoritaria.

En Polonia, Francia, Holanda, Reino Unido y ahora EE.UU. debemos impedir que se traspase el límite que separa la democracia liberal de la autoritaria. Así analiza el catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, Timothy Garton Ash, estos fenómenos políticos.

“En Reino Unido, eso significa defender la independencia de la justicia, la soberanía del Parlamento y el poder imparcial de la BBC. En Estados Unidos, vamos a presenciar la prueba más difícil para uno de los sistemas democráticos de controles y equilibrios más sólidos y antiguos”.

Lo que este investigador y politólogo británico ve en todos estos populismos nacionalistas es una ideología que asegura que la voluntad expresada directamente por “el pueblo” vale más que todas las demás fuentes de autoridad. Y el líder populista se identifica a sí mismo como la única voz de ese pueblo. Cuando Trump dice: “Yo soy vuestra voz”, está usando una típica frase populista. Igual que la primera página de The Daily Mail cuando acusa de ser “enemigos del pueblo” a los tres jueces británicos que han decidido que el Parlamento debe votar sobre el ‘brexit’ (salida del Reino Unido de la Unión Europea). Igual que el primer ministro turco, Recep Erdogan, cuando rechaza las afirmaciones de la UE de que, con su brutal represión de la libertad de prensa, ha cruzado una línea roja, y dice que “el pueblo es el que traza las líneas rojas”.

Con el final de la Guerra Fría las democracias liberales y las economías neoliberales alcanzaron su cenit, escribió el columnista Roger Cohen en The New York Times. Un cuarto de siglo después el autoritarismo y el antiliberalismo se extienden. “Tras el estallido de la crisis económica del 2007 se impuso la decepción. Aumentó la rabia por el sentimiento de haber sido dejados atrás. Todo eso sirvió de caldo de cultivo para el populismo”, señala.

Ahora los liderazgos dominantes se imponen a los de consenso. Un ejemplo: la victoria del régimen sirio en Alepo tras más de cinco años de una batalla encarnizada es también la de Rusia, de su potencia de fuego militar y de un Vladímir Putin que ocupó por completo el vacío creado por la retirada progresiva de Barack Obama.

El Premio Nobel de la Paz 2009 sin duda es un reconocido líder de los consensos. Sin embargo, Obama termina su Presidencia decepcionando a muchos de quienes, con sus votos, lo llevaron a la Casa Blanca en el 2008. El escritor y analista internacional Moisés Naim enumera una larga lista de decepciones. Para algunos la decepción es que Obama no haya clausurado la cárcel en Guantánamo, para otros es su uso de los drones, o el no haber intervenido militarmente en Siria, haberlo hecho en Libia o haber pactado con Irán. También el no haber mandado más banqueros a la cárcel, o haber dejado que la desigualdad en Estados Unidos siga tan alta y los salarios tan bajos.

Pero, según Naim, la mayor frustración de Obama es con las élites de su país. Élites cada vez más fragmentadas y cuya necesidad de defender sus privilegios las hacen incapaces de actuar con una visión de país y de largo plazo. “En esto no son únicas y reflejan una tendencia mundial observable cada vez en más países”.

La imagen de consenso que irradia la canciller alemana Ángela Merkel también se ha deteriorado. La economía de la potencia europea se desinfla y pone en peligro su liderazgo en Europa. Ella conoció este año el desgaste en el poder, erosionada por presiones internas por la crisis de los refugiados y el auge de la derecha radical, a lo que respondió con el desafío de optar a un cuarto mandato.

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