31 de December de 2010 00:00

Política y cultura se rozaron el 2010

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Redacción Cultura

En enero, el ojo público giró hacia la Orquesta Sinfónica Nacional del Ecuador (OSNE). La razón: la separación de su director musical, el suizo Emmanuel Siffert. Ramiro Noriega, entonces ministro de Cultura, explicó que esto se dio por la nueva propuesta del sistema nacional de orquestas (parte del proyecto de ley que salió del Ministerio de Cultura).

El asunto se ventiló en incómodas reuniones entre el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Finanzas y representantes del cuerpo musical. Cuestiones sindicales, división entre los músicos y rencillas de poder afloraron, hasta que se suspendió la temporada del primer semestre del 2010, Siffert se fue del país y la ecuatoriana Andrea Vela ocupó interinamente su lugar. Hasta hoy, la OSNE no tiene Director titular; si bien hay un plan de fortalecimiento institucional.

Además, mediante un pronunciamiento del Ministerio de Relaciones Laborales se dejó sin puesto en la mesa directiva al representante del sindicato, Eddie Jumbo, pues al ser funcionario público no podía ser parte del mismo. Mientras que Pablo Reece, representante de los músicos (hasta mediados de noviembre), según Leonardo Jaramillo, director de la OSNE, fue convocado pero no asistió. Así, la junta tomó las decisiones con tres miembros: la Directora encargada, y los representantes de los ministerios. Reece, al ya no representar a los músicos, no quiso hablar.

La OSNE es una entidad pública; sin embargo, Jaramillo indica que “no ha habido injerencia política, el Ministerio ha respetado su autonomía”, pero que “está alineada a la política estatal”. En las protestas, Édgar Pineda, cofundador de la institución, dijo: “Enoja que un grupúsculo, que está en las sombras, quiera manejar el destino de la cultura”; su contrato no fue renovado. A otros integrantes se les siguieron sumarios administrativos, entre ellos a Eddie Jumbo y Jamil Erazo.

Hay otros ámbitos donde la política también se ha hecho ver. El Ministerio, a cuya administración pasaron los bienes culturales del Banco Central, hoy maneja una línea “descolonizadora”. Y el proyecto de la Ley de Culturas está en segundo debate en la Asamblea Nacional. La creación de institutos, planteada por el Ministerio, desapareció y el informe de mayoría no restó facultades a la Casa de la Cultura Ecuatoriana, como sí lo hacía la primera propuesta.

La Asamblea planteó la derogatoria de la Ley de Cine (2006). Entonces, cineastas salieron a las calles: pedían respeto a los 30 años de lucha por esta Ley y que no se resten funciones ni categoría al CNCine, cuyo director, Jorge Serrano, facilitó las reuniones entre el Ministerio y los cineastas.

Para el realizador Camilo Luzuriaga, las políticas culturales en el cine nacional se reflejan en las convocatorias a fondos concursables, que estimulan formas de descentralización y diversidad. Considera que otras instancias del Estado han apoyado cinematografías acordes a problemáticas de su interés: migración, diversidad de géneros, inclusión social. “Las convocatorias del Ministerio condicionan la dirección de los recursos como toda política o ¿acaso la política de Hollywood no la condiciona?”, señala.

En las letras, con algunos escritores en cargos públicos, el editor Xavier Michelena, considera que, “eventualmente, a base de subvenciones, publicaciones, invitaciones a ferias y cargos se podría condicionar una literatura de visión oficialista”.

Michelena, con Paradiso Editores, publicó dos libros que incomodaron al poder: ‘Nunca mordaza’, de Carlos Vera, y ‘El gran hermano’, de Juan Carlos Calderón y Christian Zurita. Con respecto al segundo, explica: “Hubo un intento de censura y hostigamiento; la ministra Duarte pidió sacar el libro de circulación y el Presidente lo denostó”. Y añade: “Estos mecanismos presionan por una autocensura”.

El editor ve un afán detrás del impulso que tiene actualmente ‘Las cruces sobre el agua’, novela identificada con el realismo social, mientras, por ejemplo, dice que se desconoce el trabajo de Leonardo Valencia en ‘El síndrome de Falcón’; Michelena reflexiona: el peso de esa carga ideológica impide que el arte y la literatura se desarrollen a plenitud.

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