12 de August de 2010 00:00

Otavalango es un museo viviente

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Redacción Sierra Norte

Los novios están arrodillados frente a frente. Les separa una mesa cubierta con una tela azul, sobre ella está dibujada una cruz con pétalos rojos y blancos de claveles.Ahí, ante la mirada de los padrinos, testigos, un alcalde (escogido entren los más ancianos de la comunidad) y familiares se escenifica el ritual del matrimonio, llamado palabrear. “Así celebraban las bodas antiguamente los indígenas de Otavalo. Era más respetado incluso que el matrimonio civil”, explica René Zambrano. Este guía nativo es uno de los 40 socios, de 19 comunidades, que abrieron el Museo del pueblo kichwa Otavalo, hace dos meses.

El ritual se extendía generalmente entre las 20:00 y las 04:00. Durante ese tiempo los novios permanecían arrodillados, sobre una estera tejida de totora, recibiendo los consejos y las bendiciones de los asistentes.

“Mi madre me contaba que el estar arrodillado por largo tiempo era doloroso, pues ninguno de los contrayentes se podía levantar, hasta que termine la boda”, explica Zambrano. Sus palabras asombran a los visitantes del museo. En este espacio se hace representaciones de las costumbres indígenas, con personajes en vivo.

En la pared cuelga un pantalón blanco y un poncho con rayas negras y blancas. También hay una chalina blanca bordada de flores multicolores. “Esos eran los trajes que usaban los contrayentes”, dice Rosa Cachimuel, quien actúa como novia.

El recorrido por este museo dura cerca de tres horas. En ocho salones de la ex fábrica textil San Pedro se puede apreciar desde actividades cotidianas, como la agricultura y la artesanía, hasta las fiestas y rituales en honor a las cosechas, el sol y la tierra.

Uno de los locales está dedicado a la música andina. Hay un sinfín de instrumentos de cuerda y viento. Ahí José Antonio Saranci atrae a los turistas con el sonido suave y armonioso de una flauta traversa, elaborada con un carrizo de los zona.

Este músico de 50 años, de la comunidad de Cotama, es uno de los últimos depositarios de la tradición musical de los quichuas de Otavalo. “Tenemos música para todo. Hay ritmos para caminar en el campo, para las fiestas, para alertar a la gente, para correr, para llorar a los muertos...”, asegura.

Entre los instrumentos se destaca el hueso de una mandíbula de caballo. Saranci sostiene con una mano un extremo del aparato mientras lo golpetea en la palma abierta de su otra mano. “Este sonido es único”, dice, ante un eco similar al redoble de un tambor.

También hay numeroso trajes de fiesta. El más llamativo es el de coraza, tapizado de cadenas, medallas doradas, mullos multicolores, monedas perforadas... “La elaboración de una traje como este cuesta USD 1 000”, dice uno de los guías. Más allá hay herramientas como un yugo para arar la tierra con la ayuda de dos bueyes.

Zambrano recuerda que este y un terreno eran los regalos seguros que daban los padres a los novios, cuando se casaban.

Un lugar especial constituía el fogón en donde se elaboraban los alimentos, relata Rosa Santillán, mientras simula cocinar. Ese era el centro de la casa, en torno al que se colocaban los padres, hijos y nietos. “Ahí los ancianos contaban anécdotas y aconsejaban a los más pequeños”. Las ollas de cerámica, las cucharas de palo y los morteros de piedra, para moler ají, granos y hierbas medicinales, no podían faltar en la cocina.

Pero, quizá, el corazón del museo es el taller de los tejidos. En esa área una docena de hombres y mujeres peinan la lana de oveja, la transforman en finos hilos, que luego se trunca en vistosas bufandas, ponchos, pulseras, etc.

Como todo los que se exhibe, los telares manuales fueron traídos por los socios del museo. “Este es un telar de cintura (callua). Este instrumento se utilizaba antes de la llegada de los españoles. Con esta herramienta se elaboraba toda la ropa que usaban los indígenas”, asegura José Rubén Guaján, mientras teje, sentado en el piso.

El recorrido se complementa con una explicación de las bondades medicinales de las plantas a cargo del yachac José Manuel Carrascal, de Ilumán, y la partera Rosa Guandinango, de Cotacachi. Esta última depositaria de los saberes medicinales, asegura haber traído al mundo acerca de una centenar de niños.

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