24 de March de 2011 00:00

Los mundos (im)posibles del dibujo

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Líneas en tinta que dan forma a marionetas, a un bestiario medieval, a mundos nacidos de lo real pero imposibles. Trazos que se expanden sobre papeles e invitan al juego y al chisme, a visionar más allá de lo evidente, de lo cotidiano. Son los dibujos de Ana Fernández y de Paula Barragán, quienes juntan su trabajo en ‘Jardín del pulpo’, en Ileana Viteri Galería de Arte.

La muestra, cuyo título remite a la canción de The Beatles, del disco ‘Abbey Road’, reúne a ambas artistas para enfrentar o integrar sus identidades y complicidades.Ana Fernández se fue por un formato chico, pues necesita piezas manejables, ya que vive entre San Francisco, EE.UU., y Quito. Ese viaje y esa traducción constante de lugares deviene en un tercer territorio intermedio. Un mundo que solo es posible a través de su lenguaje, de su arte.

Así, con flores enormes y colores intensos, con una referencia a la sicodelia, armó el cuadro homónimo de la muestra. Un cuadro que transmite la idea de poder habitar ese espacio que no es la realidad cotidiana, pero en el que se puede ingresar con la sola voluntad, como a un juego de niños.

En la creación manual, Fernández halla un sentido lúdico. Como ya lo hizo en el 2007, en ‘Procesión’, esta vez Ana trabaja con el papel recortado y en tres dimensiones. Busca salir de la pared, algo escultural, una superposición de espacios, historias y significantes. Esto funciona en cuanto la artista subvierte el orden de las cosas o los roles de los sujetos.

Están, por ejemplo, Match de box, Chilenita o Levantamiento de pesas, en las que trastoca la noción del deporte, “de machos, barbudos y peludos”, con una cuestión femenina; así conecta en la imagen la ternura y la rudeza.

Los seres de sus dibujos son marionetas o muñecos de cuerda. Le interesa la idea del ser humano autómata, que no tiene control sobre su vida, sino que depende de supraestructuras desconocidas; que está sujeto al caos, al fallo. De ahí, de caer en el error, Fernández parte para hacer su trabajo, cortar y pegar, trazar geometrías, hasta que la obra le va dando la idea.

Las motivaciones le vienen de lecturas, entre ellas las de Michel Foucault o del italiano Giorgio Agamben. También de visiones y sueños... como el Donna-pesce-passero, una criatura que se hizo tinta después de que Ana soñara que el escritor chileno Hernán Rivera Letelier (uno de sus favoritos) le regalaba el dibujo.

Criaturas, también conjunción de bestia y hombre, están en las piezas de Paula Barragán. En gran formato, con un alto impacto visual y contando muchas cosas, sus imágenes se construyen como proyecciones, hacia otras dimensiones, de la cotidianidad.

Esos seres de humanidad y animalidad son el instinto, la explosión de lo que el hombre guarda dentro: pasiones y actitudes que se develan desde la observación, las emociones y la reflexión de la artista; y que se plasman con las capas de tinta y con las líneas que se funden, que se confunden.

Si bien la imagen puede plantearse desde un principio, es con el trabajo -señala Paula- que las ideas y situaciones se desarrollan, pues aparecen manchas o espacios para las marcas positivas y negativas de la composición. Es así como, al final, el trazo parece ser uno solo, y una sola también la línea que hace las figuras. Una línea con muchas lecturas, de repente un pierna, es una silla y una silla, otra pierna.

Lecturas que se multiplican también por la inmersión que se hace hacia el interior de los seres dibujados. De ellos podemos ver simultáneamente la máscara, la ropa, la piel, el hueso... adivinar acaso sus pensamientos. Como en ‘Secreto a voces’, una reunión de personas donde las sensaciones de una situación real se sobreponen hasta lo imposible.

Barragán habla de una elocuencia visual, un nuevo idioma que le permite expresarse y contar cómo ve, ahora, al mundo o a la existencia. Así lo hace en El resto de nuestra vida: todo lo que somos, experiencias y expectativas son líneas y nuevas proyecciones.

Con la tinta y el dibujo, Barragán también se apartó por un momento de la calcografía, de ese trabajo fuerte, tóxico e intenso, de rayar las planchas. La acuosidad de la tinta y de la témpera le permite que el trazo fluya. Paula trabaja sobre el piso, se mueve, baila, juega descalza sobre el papel, con la brocha empapada en la mano.

Parece que Paula y Ana se divierten mientras dibujan. Ileana Viteri concuerda en ello e invita al ‘Jardín del pulpo’...

ANA FERNÁNDEZ Quito, 1963

Estudió en el San Francisco Art Institute, de EE.UU. y recibió su maestría en el California College of the Arts.

Ha ganado varios premios, entre ellos, el Pollock Krasner Foundation Award, en 2005.

PAULA BARRAGÁN Quito, 1963

Estudió en el Pratt Institute, y siguió cursos de grabado en el Parsons School of Design, en Nueva York.

Desde 1986 mantiene su taller en Quito. Ha realizado exposiciones en Ecuador, España y EE.UU.

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