17 de April de 2012 00:01

Dos muestras dispares en las salas de la Casa de la Cultura

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La Casa de la Cultura es un espacio donde cabe de todo, según se advierte estos días en sus salas: lo expuesto en algunos casos responde a parámetros de calidad y en otros, no. Así sucede con la obra de dos artistas que se exhibe en galerías contiguas.

En las salas Oswaldo Guayasamín y Eduardo Kingman, se expone ‘Full Color’, la muestra del quiteño Cristóbal González Guzmán. En estos cuadros se advierte una huella de las vanguardias del siglo XX, de Picasso (por la deconstrucción de cuerpos y espacios) y Modigliani (por el característico alargamiento del cuello).

La mujer predomina como motivo. Su presencia se fija en rostros o en cuerpos enteros. La descolocación de ciertos rasgos y la inestabilidad de los cuerpos apunta hacia la deformación de un modelo estético, que, sin embargo, mantiene la gracia de los sujetos; quienes se muestran envueltos en formas y atmósferas de color.

Lo ojival define rostros y ojos, además esas formas acabadas en punta se repiten en manos y algún elemento de los bodegones y de las flores que completan la muestra. Lo recurrente en González Guzmán es la intensidad cromática y los contrastes, un aspecto que da personalidad a sus creaciones: rojos, verdes, amarillos saturados juegan con la línea negra que los limita y el gesto que deja el brochazo del pintor. Además se crean tensiones entre lo rectilíneo y lo curvo, pues los rasgos y expresión del rostro crean distancias con un cuerpo que parece diluirse, como si careciese de estructura de soporte y peso; a pesar de las voluptuosidades que se aprecian.

En González hay una propuesta que también se presta al juego de las técnicas, los soportes y los formatos; pues el óleo o las mixturas se componen en lienzos y papel de diversas medidas.

Al lado, en la sala Miguel de Santiago, se exhiben 40 cuadros de Mónica Borja. Cifra que de no ser por algunas acuarelas quedaría como anécdota numérica. Esto porque los acrílicos carecen de acabamiento en las formas y en los juegos del color y del pincel, más allá de efectos de brillo y fijación. Están por ejemplo caballos sin una anatomía detallada, que prescinde de los músculos y las fibras tan importantes en el retrato de estos animales. Acaso queda el movimiento como expresión, pero este tampoco es armónico.

No sucede así con las acuarelas que se hacen de dibujo y transparencias, allí hay un trabajo más sutil y fino; como sucede, por ejemplo, en ‘El intruso’ y otros cuadros que se emparentan con este.

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