2 de September de 2012 00:01

Gilberto Gil no se olvida del alma

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Gilberto Gil.
Nació en Salvador de Bahía,  en 1942.  
Su carrera  empezó con el acordeón a los 5 años. En 1963 conoció a  Caetano Veloso y se inició  un movimiento  que internacionalizó  el arte brasileño en todas sus manifestaciones.
Después  de  su nombramiento como Ministro de Cultura, pasó a tener una presencia relevante en el campo social,  político y ambiental a nivel internacional.


‘Tengo un alma, eso no se hace, pero tampoco se olvida”. ¿Cómo se mantiene Gilberto Gil? ¿Cómo consigue que todas las líneas musicales, étnicas, culturales que en él se cruzan no lo fraccionen y dispersen entre la fama y el poder? “Tengo un alma, eso no se hace, pero tampoco se olvida”.

Quito: una redacción llena de voces y papeleo; un teléfono con altavoz defectuoso. Río de Janeiro: en algún rincón de la ciudad carioca, Gilberto Gil, el cantautor, nacido en Salvador de Bahía, Brasil (1942), con esa aura de frescura que lo baña todo el tiempo... todo el tiempo. Asimetrías y anacronismos de por medio, su voz era apenas perceptible en el auricular. Esta era la cuarta llamada de la prensa internacional al músico bahiano, presión que de ninguna forma regulaba los nervios.

Más con recelo que con pena tuve que pedirle que levantara la voz. Cuando sentí que lo único que registraría sería el cierre y el tono de la llamada, Gil gritó... lo escuche y con más vergüenza que recelo, le dije que de mantenerse así, estaríamos bien. El accedió y eso que se trata de la voz que en 1972, interpretó Expreso2222 en la Red Globo TV, como un golpe de viento, de fuego, de agua y sal, para levantar un huracán de aplausos, que solo concluyó con su risa tierna.

Sí. La sencillez del septuagenario conmueve, pero su vitalidad trastorna. Es que se trata de Gilberto Gil. Él, que vino de Bahía a cantar, que vino de Bahía a contar, de esa Bahía de cielo, tierra y mar, que lo empuja para ensanchar al espíritu que quiere ‘sambar’ y morir de alegría, incluso cuando el hambre aprieta las voluntades.

Siempre supo que había dos músicas: la del cielo y la de la tierra, mas para él, la mundana se convirtió en dimensión vital y en lenguaje. Desde ella y con ella miró el mundo para comprenderlo en su dolor y, más que nada, en sus alegrías. En las tocadas de barrio y en los sonidos del ‘sertao’, en la fiesta de las melodías costeñas de su Brasil, Gil fue absorbiendo lo que después sería la base de su expresión sonora. Es una canción que se deja sentir como el aire; pero no transparente sino lleno de pintura verde amarelha, que pronto cubre y amarra los cuerpos en una danza que sale desde piel y materia adentro.

También se sienten vibraciones positivas cuando Gil se deja llevar por esa marea de juegos que interpreta con el rock purpúreo de Jimmi Hendrix o el latir del reggae; es que en él habitan las resonancias de varias músicas. No es que ha compartido escenario y grabación con grandes, sino que grandes han buscado estar con él.

Tiene -lo confiesa- un sentido natural para la música del Brasil. Cuando trabaja, está esa noción traída del fado, de la samba, de la bossa, de tantos ritmos, como de tantas sangres... “un alma, eso no se hace, pero tampoco se olvida”.

‘Concierto de cuerdas y máquinas de ritmo’, el show que presentará en el Teatro Sucre, el domingo próximo (18:00), se construyó con esa alma, adaptando y fusionando la rítmica de las canciones de Gilberto con instrumentos clásicos, tambores típicos y aparatos electrónicos, todo en una atmósfera natural. Como naturales resultan, para este músico, los choques entre modernidad y tradición, las nuevas demandas de la vida y la sociedad, los cambios generacionales, los sonidos que llegan a los padres, desde los hijos, y a estos desde los hijos de los hijos.

En esos encuentros temporales le cito dos momentos de ruptura en la cultura brasileña del siglo XX: el Manifiesto Antropófago, de 1928, impulsado por el poeta Oswald de Andrade y sus adláteres; y la Tropicalía, movida por el mismo Gil, en compañía de Caetano Veloso (su hermano de vida) y otros artistas, en los años 60. Por su participación en ese ventarrón musical aireado de fusiones y libertades, Gil pagó con el exilio.

Para no presumir, apunta la existencia de otras rupturas y reacciones en el arte del Brasil. Son -dice- momentos en que se trabaja por la monumentalidad y se busca integrar las manifestaciones entre ellas y con la gente.

De trabajar con la gente, Gilberto Gil sabe; no por nada Lula lo nombró Ministro de Cultura del Brasil (2003-2008 ). Como creador y como miembro de la administración trabajó y actualizó la organización de políticas. “Lo que necesita haber es el diálogo permanente, entre la estructura gubernamental y la gente, los creadores. El pueblo es el promotor natural de la cultura. Ellos bailan, viven, desarrollan narrativas. Las políticas públicas con el público, dictadas por la gente y no por tecnócratas que vuelven viejas las necesidades”, dice. Simple.

El afán inclusivo de Gil se refleja claro y transparente en su apoyo apasionado al ‘software libre’, por ende a la cultura libre. Para él, los flujos de información deben mantenerse libres, para que la represión sea cosa del pasado. Copiar, modificar y redistribuir sin restricción, pensando en la riqueza de las relaciones humanas, la perpetuación de las culturas, la democratización del conocimiento; ver al computador y al ciberespacio como instrumentos de cambio social. Esa inclusión no puede ser solamente simbólica, sino materializarse en los accesos al disfrute de la cultura.

En Brasil, lo recuerdan con cariño en su cargo de Ministro; lo escuché cuando estuve por allá. El país sorprende por las formas de aceptar el mestizaje, diferentes a la manera desgarrada de vivirlo en la América andina. La primera diferencia que apunta Gil con respecto a esa percepción es la marcada por los colonizadores. En el resto de Sudamérica se impuso una conquista violenta con la cruz, mientras en Brasil la forma de cristianizar estaba más cerca del espíritu humano, era la fe del padre y no del Dios castigador. “Desde el inicio la América española ha sido más brutal, acá las cosas se adaptan mejor; son problemas comunes pero las soluciones son más suaves”.

Hay voces que dicen que si EE.UU. tiene su Bob Dylan y Jamaica su Bob Marley, en Brasil está Gilberto Gil para cantar. Y su grandeza se mide en dimensiones de hombre, no de falsas deidades. La tentación de hacerse poderoso y de sentirse por encima de los otros es algo que el bahiano ha sabido esquivar; “es una labor íntima”, dice. Utilizar una posición dada por la gente y los públicos para concretar deseos personales o intimidar al resto, se lo deja a los amantes del culto. Él sigue escuchando y mirando el mundo, creando, mezclando, renovando con el abrazo de tradición y modernidad; tal cual lo ha hecho desde que a los cinco años puso sus dedos y su esencia sobre aquel, su primer acordeón.

Y ahora, aunque Gilberto cante y baile que no le tiene miedo a la muerte, últimamente la piensa con mucha más frecuencia, no como buscándola sino como entendiéndola, “porque la vejez llega y con ella, las cercanías de la muerte se sienten más”. Podría decirse que ahora, él posee la sensatez del ser humano que se sabe mortal y que comprende su finitud para volver a la real esencia de la vida; entonces, tras los años de rebeldía, el artista se revela sabio.

Sensibilidad y frescura, naturaleza y ritmo, una musicalidad viva y el público de Quito en espera. Gilberto Gil, el próximo domingo, con esa alma, que “no se hace, pero tampoco se olvida”.

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