8 de May de 2011 00:00

Los colores en la vida de Catasse

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Cogía su pincel, su caballete, su bastidor y tiraba líneas. Con el cigarrillo colgando de su boca y los pantalones llenos de pintura, echaba el trazo. Retrocedía cuatro pasos y, entrecerrando los ojos, miraba lo hecho. Se volteaba y preguntaba: “¿Cómo quedó?”.

Así recuerda el escritor chileno Luis Sepúlveda a Carlos Catasse, de quien fue gran amigo, según cuenta la hija del pintor, Yahanua. Ella, en el espacio iluminado de los salones Kingman, Guayasamín y de Santiago, de la CCE, recorre la muestra en homenaje a su padre y evoca pasajes de su vida.

Carlos Tapia Sepúlveda, Catasse, falleció el 19 de enero del 2010. Sin embargo, para adivinar cuánta vida permanece en su legado, basta ver el brillo en los ojos de Yahanua, los mismos ojos que en la infancia hallaban el sueño mientras Catasse pintaba.

Y Catasse pintaba con una disposición intensa; pero también había momentos en que la inspiración reposaba y el cuerpo pedía vacaciones. Entonces, el maestro tomaba su auto y se embarcaba en una travesía de 5 800 kilómetros, hasta su natal Santiago de Chile. Paisajes y circos pobres quedaban en su retina.

De Chile salió en 1969. “No fue por el golpe, ni por nada político”, aclara Yahanua. Catasse junto con Luis Sepúlveda, otros escritores y otros artistas, quisieron viajar a dedo por Latinoamérica, llegar a Venezuela. Todo el plan se urdía en cafetines bohemios. “Él se fue y yo me quedé como preso político”, diría Sepúlveda y su palabra resuena en la voz de Yahanua.

Mas el paso de Catasse por Ecuador sería definitivo. Aquí se quedó. Por Quito: ese haz de luz rompiendo el cielo gris e iluminando las calles húmedas, las casitas blancas y las iglesias de un pasado colonial. Por las comunidades indígenas: en esos montes hechos de mosaico, en esos tapices coloridos. Por Manta y Jaramijó: ese horizonte marino, esos botes pesqueros, ese color y esa vida de la gente.

Son imágenes que luego hacía arte en su taller, un espacio que se abría tras las puertas del castillo de la Juan León Mera y Roca (edificio luego usado como sede de campañas políticas). Allí era anfitrión de artistas, cantantes y poetas, a quienes primero recibía con un tónico en el Café Manolos.

Ya en el taller asumía su labor, se prestaba a la pintura y ante la sorpresa de los presentes terminaba un cuadro en 45 minutos. Al asombro respondía cauto: “Son 45 minutos, más 40 años”.

Entonces, Catasse, multifacético y en constante búsqueda, iba creando sus series de Las mujeres difuminadas o los Rostros de la bohemia, de Los árboles de la vida o Los símbolos del hombre, de arlequines o Quijotes. Un arte firmado por la presencia de la luz y el color, por la geometría y la línea. También un arte que solo pudo existir con la complicidad de la madre del pintor, Graciela, y acaso, por la oposición de su padre, un hombre rudo y de máquinas, mecánico de submarinos.

Cada pieza de Catasse es diferente, ya sea por el trazo hecho o por la emoción plasmada. Quizá por ello no aceptaba imposición alguna en cuanto a su arte. Un aspecto que dejó claro en una tarjeta de presentación: “Carlos Catasse: pinto lo que me da la gana”.

La muestra en la Casa de la Cultura Ecuatoriana recoge extractos de su obra, bajo el acertado nombre de ‘El arte de la vida’, y estará abierta hasta el 14 de mayo.

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