22 de May de 2011 00:01

Buenos Aires y una razón para hablar de pintura ecuatoriana

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A veces mejor de lejos que de cerca. Un café de Buenos Aires puede ser el lugar apropiado para que cuatro pintores y un crítico se junten y dialoguen. Eso ocurrió en la capital argentina a propósito de la exposición 'Fibra, óleo sobre papel', una muestra de tres generaciones de la plástica ecuatoriana.

Guayasamín, Tábara, Unda, Varea, Rosero, Cueva, Velarde, Álvarez, Paccha y Pérez fueron los seleccionados por Paradogma, para que los porteños disfruten de sus obras en el C. Cultural de la Cooperación, hasta el 19 de junio.

En un bar de la calle Corrientes y rodeados de libros, cuatro de ellos (Cueva, Rosero, Álvarez y Pérez) se reunieron con el crítico Cristóbal Zapata. Para todos, menos para Rosero, es la primera vez en Buenos Aires, pero para ninguno pasaron inadvertidas las largas filas que la gente hacía para ver alguna obra. “Fue notable la cantidad de gente que vino a la inauguración. Llegó un punto en que no sabíamos en dónde iba a entrar tanta gente”, cuenta Rosero.

Por eso, “todo viaje es un aprendizaje”, añade Zapata, para iniciar una discusión sobre las condiciones de trabajo del artista ecuatoriano. El crítico había ido a ver una exposición de Luoise Bourgeois, en La Boca. “Más allá de la maravillosa experiencia que es mirar la obra de un artista que en vivo jamás vamos a ver en Ecuador, es muy importante mirar los dispositivos museográficos, las estrategias de montaje, de publicidad, el sistema de guías… Muchas veces una asignatura que no termina de hacerse bien”.

“Eso es fundamental”, agrega Cueva. “El ambiente transforma, enriquece, estimula. Pero en Ecuador no hay acompañamiento porque estamos desarticulados, distanciados de los engranajes, la difusión, las galerías, los medios, los críticos. En las escuelas de arte debe haber materias como gestión cultural, estrategias museográficas, no solo el hacer artístico, para ingresar en un ambiente más dinámico y efectivo”.

Zapata sostiene que “las instituciones culturales están en manos de personas que no tienen ni la formación ni el criterio para manejar un espacio cultural. Es una carencia espantosa”. Álvarez sospecha que el problema institucional también está en la difusión: “se preocupan de promocionar lo que ya está‘bendecido’. No se promociona hacia el exterior. Esta muestra fue idea de Yomara Rosero (de Paradogma). Cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura, pero no parte de la institución”.

“Al Ministerio de Cultura hay que ir con un proyecto hecho. No es propositivo en cuanto a la difusión de espacios”, añade Pérez. En seguida le retruca Rosero. “Es que esa debe ser la relación. El papel institucional debe tener su contraparte, que somos nosotros, los artistas, los creadores. No podemos pedir a la institución que sea el proponente de todo”.

Hay algo puntual, responde Pérez: “Una cosa es la acción pública y otra la que el artista hace de manera independiente. En el país hacemos de todo: la obra, la promoción, buscar compradores, el que haga los catálogos. El artista es tantas cosas y al mismo tiempo no termina de ser artista”.

“Creo que tenemos que asumir nuestro protagonismo”, agrega Cueva. “Lo importante es articular. El Ministerio es un puente que nos permitió venir a Buenos Aires, pero hay que gestar una producción coherente, visionaria, propositiva. Es importante que haya espacios como el Ministerio, que nos permite visibilizar nuestro arte. Es importante que los gestores, críticos y curadores hagan un enlace con los artistas para difundir la obra”.

Zapata se queda pensando. “Creo que los ecuatorianos no tenemos que asumir nuestro protagonismo sino nuestro anonimato”. Las carcajadas llaman la atención en el bar. Los cinco deciden inmiscuirse en el anonimato de la madrugada en Buenos Aires.

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