18 de agosto de 2015 00:00

Una crítica mordaz del periodismo y la política en 'Número Cero'

En 'Número Cero'  el escritor critica al periodismo y a la política implementando una curiosa teoría sobre la muerte de Benito Mussolini. Foto: Archivo.

En 'Número Cero' el escritor critica al periodismo y a la política implementando una curiosa teoría sobre la muerte de Benito Mussolini. Foto: Archivo.

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Víctor Vizuete

Los cimientos en los que se sustenta la narrativa de Umberto Eco son muy conocidos: pulcritud, profundidad de pensamiento, economía del idioma. Esas bases, más otras como la ironía, la erudición y hasta el cinismo, son las le que ayudan a levantar ‘Número Cero’, su última y séptima novela.

Son 218 páginas en las cuales el escritor italiano se siente (como define a uno de sus personajes) como un gato encerrado en una carnicería: un goloso y eficaz depredador.

La trama tiene como eje sustantivo la propuesta de un tal Simei a un tal Colonna, un anodino traductor de alemán que se siente un perdedor consumado, para que elabore un libro que recoja todo el proceso de edición de la primera edición de Domani, un periódico que nunca aparecerá y que es financiado por un ‘commendatore’ poderoso y lleno de negocios, pero con el perfil más bajo que se pueda imaginar.

Como ejes aleatorios, necesarios para engordar la narración con buenas dosis de suspenso y romance (como se estila ahora), Eco incorpora una curiosa pero documentada teoría de que Benito Mussolini no murió en la Segunda Guerra Mundial (Operación Gladio) y un acertadísimo disparo de Cupido, que pega de lleno en los corazones de Colonna y Maia, uno de los miembros periodísticos del equipo y experta en horóscopos, notas luctuosas y menjurjes de las revistas del corazón.

Para dar vida a la utópica edición de prueba del imaginario periódico, Colonna se rodea de seis periodistas de variopintas capacidades, gustos y conciencias: desde el aguerrido Braggadocio, quien paga su osadía por descubrir la verdadera historia del ‘Duce’ con un disparo en la espalda, hasta Ludicci, quien representa al infiltrado que nunca falta.

Les acompañan Cambria, un sabueso que va perdiendo el olfato investigativo; Palatino, un experto en pasatiempos y oropeles; Costaza, viejo corrector de algunos periódicos, y la ya nombrada Maia.

Con todos estos corifeos, Eco arma una feroz parodia del periodismo y la política. Y va sacando, como de la caja de Pandora, todos los males que aquejan a estas dos profesiones, especialmente a la primera.

En esto Eco no tiene piedad ni pudor. Y desempolva muchas verdades que no necesitan contrastación de fuentes por lo evidentes; pero también algunos mitos que, de tanto repetirse, parecen axiomas y que hacen suponer que este italiano de 83 años no ha pisado mucho las redacciones de los periódicos.

El libro señala verdades como la que afirma que “Para entender qué hacer bien hay que combinar todos los datos. Un dato, por sí mismo, no dice nada. Todos juntos te hacen comprender lo que no se aprecia a primera vista. Hay que desentrañar lo que intentan esconderte”; o, “Ahora nos enteramos de las noticias de los telediarios de la cena, lo que significa que los periódicos nos cuentan lo que ya sabemos y, por eso, cada vez venden menos”.

Pero también da por ciertos varios supuestos como que “los periódicos mienten, los historiadores mienten, la televisión miente” o “Un periódico se mide también por su capacidad de hacer frente a los desmentidos, sobre todo si es un diario que demuestra tener miedo de meter las manos en la podredumbre”.

La novela se sitúa en 1992, una década inquieta donde los inventos tecnológicos como el Internet y los teléfonos móviles iniciaban su camino hacia el dominio de la información mundial aunque Eco, en el texto, refleja su pensamiento de esa época y lo pone en boca de Simei : “El móvil se convertirá en un símbolo de inferioridad y nadie lo querrá”.

La novela termina con la rápida disolución del grupo, luego del asesinato de Braggadocio, hecho que despierta los fantasmas del miedo y la inseguridad que, seres humanos al fin y al cabo, tenemos todos: periodistas, ‘commendatores’, jueces, fiscales... Es la parte más floja de la novela, lo que recuerda, asimismo, que nada ni nadie es perfecto.

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