20 de agosto de 2017 00:00

La confederación sigue viva en el sur

En los estados del sur, aún se pueden ver banderas de la Confederación, que creía en la superioridad del blanco. Foto: Archivo

En los estados del sur, aún se pueden ver banderas de la Confederación, que creía en la superioridad del blanco. Foto: Archivo

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Santiago Estrella
Editor (O)

Se puede decir que hay que tener agallas para pretender que se retiren los monumentos al general Robert E. Lee. Porque en el sur es cosa seria la supervivencia de los ideales confederados, dentro de los cuales está el de la supremacía blanca.

Y Lee es el ícono fundamental en la Guerra Civil estadounidense (1861-1865) para la Confederación, el sur, como para la Unión, el norte, lo es Ulysses S. Grant, quien por cierto llegó a ser el decimoctavo Presidente de Estados Unidos.

En el sur, Lee aún sigue siendo el gran referente, una figura notable, incluso parte de una mitología. En algunas escuelas elementales públicas se lo estudia así, bajo las perspectiva del revisionismo histórico que lo presenta como alguien bueno, junto al presidente de los Estados Confederados, Jefferson Davis. Son los líderes que tuvieron el infortunio de perder la guerra, cuenta el consultor político Richard Fawal.

No es de asombrarse, aunque pueda aterrorizar, que aún sea posible encontrar en estos días la bandera de la Confederación flameando en las casas, cuando se recorre estados como Misisipi, Carolina del Sur, Alabama, Georgia, Luisiana, Texas, Tennessee. Y bajo esa bandera, que creía en la esclavitud como motor de la economía y como parte de un principio divino, subyacen todavía los principios de la superioridad de la raza blanca.

Desde la moral, cualquier posibilidad de defender el racismo en sus variantes (Ku Klux Klan, neonazis, Alt-Right o el genérico supremacistas blancos) puede ser absolutamente reprochable. Los vemos como desadaptados sociales, pero lo cierto es que son movimientos que existen y que resurgen con fuerza, o al menos actúan con algo de impunidad, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Las explicaciones son complejas. Estados Unidos nace desde una paradoja fundamental. Se constituye como el país de la libertad, de la igualdad ante la Ley y la democracia, pero también como el país de la esclavitud. Y eso valió de algún modo como pretexto para una de las defensas del presidente Donald Trump a los supremacistas blancos luego de los incidentes de Charlottesville, en Virginia.

Él preguntaba a esa “izquierda violenta” si también había que tumbar los monumentos a ‘los padres fundadores’ George Washington, Thomas Jefferson y Benjamín Franklin, quienes tenían esclavos trabajando para ellos.

Creer en la libertad y tener esclavos negros se presenta como una de las principales contradicciones en la fundación de Estados Unidos. Y esta dicotomía, según los historiadores de la Universidad de Columbia John A. Garraty y Peter Gay, atormentaba a los estadounidenses de 1776 cuando se escribió la Constitución.

Perduró hasta la liberación de los esclavos con el triunfo de la Unión, en la también denominada Guerra de Secesión y se mantiene hasta hoy.

Uno de los atormentados fue Abraham Lincoln, presidente de Estados Unidos (1861-1865), el gran enemigo del sur que defendió con las armas el racismo y la supremacía blanca. “Es poco razonable que suponga usted que no tengo ningún interés en algo que ha tenido y tiene la virtud de hacerme profundamente infeliz”, escribió Lincoln en una carta a un amigo sureño.

“Eran esclavos desde el punto de vista del modelo económico para Washington, Franklin y Jefferson, pero sabían que no era moralmente justificable”, dice Fawal, quien vive en Washington D.C. pero nació y se crió en Birminghan, la ciudad más grande del es­tado de Alabama.

También el sur tuvo que buscar una justificación moral para el esclavismo, porque fue un sistema económico que difería del que se conoció, por ejemplo, en el Imperio Romano. En América del Norte y del Sur, el modelo se sostenía en la pigmentación de la piel. No así en Roma. Los esclavos simplemente eran botines de guerra; podían ser árabes, hispanos, caucásicos, eslavos, africanos.
Los estadounidenses tuvieron que encontrar una justificación: la superioridad del hombre blanco.

Difícilmente se puede hablar del resurgimiento del racismo en Estados Unidos porque nunca se terminó del todo, muy a pesar de haber tenido un presidente afroamericano, Barack Obama. Por el solo hecho de ser negro y por portación de apellido, Trump -quien dijo que solo pudo pronunciarse con conocimiento de los hechos sobre lo ocurrido en Virginia- lo señaló como alguien que había nacido en Kenia, como ironizó el comediante Jimmy Kimmel. ¿Trump mintió, exageró o soñó?

Hablando en términos históricos, se puede decir que solo han pasado 49 años desde que asesinaron a Martin Luther King, el 4 de abril de 1968. En 1974, un beisbolista afroamericano, Hank Aaron, recibió cientos de amenazas de los supremacistas que le advertían del peligro que corría su vida si rompía el récord de jonrones de Babe Ruth, el ícono mayor de este deporte, considerado el entretenimiento nacional.

Y ya en la Presidencia de Obama no se detuvo la represión policial hacia los afroamericanos en ciudades que no son
necesariamente del sur.

Basta leer las obras o escuchar las conferencias del escritor dominicano-estadou­nidense Junot Díaz, para darse cuenta de que el predominio de lo blanco (‘whitey’) en todo el país, en lo institucional y en la vida cotidiana para negar que se ha superado el odio al otro. Pero el hecho es que pasan los años y en el sur pervive el sentimiento de la derrota en la Guerra Civil.

El racismo predomina en lo que podría ser calificado como la gran nostalgia de hombres y mujeres de esa región que aún enarbolan la bandera confederada. Fawal dice, por ejemplo, que creyeron -y posiblemente aún crean- que esperaban una segunda parte de la Guerra Civil para recuperar su lugar.

En la década de los 50 y 60, cuando surgían los movimientos de igualdad civil ante la Ley, muchos blancos prefirieron emigrar a otros estados como Arkansas, Wyoming y Colorado. Incluso Oregon, que ahora se conoce como un estado liberal, tuvo un origen en aquellos que no toleraron convivir con los afrodescendientes.

Fue cuando, en lugar de hablar de la supremacía blanca, los racistas preferían el lema de “iguales ante la Ley, pero no juntos”. Llegaron a creer que cada etnia debía permanecer en su lugar de origen: los orientales en Asia, los negros en África y los blancos en Estados Unidos. Y eso es algo que ha pensado Trump con los inmigrantes: que vuelvan a sus tierras, porque su país no puede hacerse cargo de los corruptos que gobiernan en sus respectivas naciones.

En una de las escenas más emblemáticas de la película ‘Lo que el viento se llevó’, Rhett Butler (Clark Gable) se reía de la ingenuidad de los sureños que creían que solo con el honor iban a derrotar a los yanquis. Pero les aclaró que les faltaba algo: la industria para las armas, porque era una sociedad agropecuaria. Es parcialmente cierto.

Fawal aclara que ni siquiera fue una sociedad agraria que satisfacía sus necesidades domésticas. Su producción estaba destinada a lo que llamamos ‘commodities’: la exportación de caña de azúcar, algodón y tabaco. Pero la comida venía del norte. Con la guerra, tuvieron que importar armas y comida, y ese fue uno de los blancos de ataque del norte y su gran debilidad.

Es un desafío, pues, tumbar el monumento de Lee. En un país en el que predomina lo políticamente correcto, como lo es Estados Unidos, lo cierto es que el racismo sigue siendo una cuenta pendiente y un mal que los aqueja.

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