29 de November de 2014 20:32

El Chavo del ocho dejó una huella indeleble en generaciones

‘El Chavo del 8’ nació en 1971. El elenco se mantuvo por muchos años junto, luego se separaron dos de los integrantes.

‘El Chavo del 8’ nació en 1971. El elenco se mantuvo por muchos años junto, luego se separaron dos de los integrantes.

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María Fernanda Ampuero.  (I)
Desde México para El Comercio.

Lo habían matado en Twitter ya varias veces. Pero esta vez, cerca de las dos de la tarde, desde el televisor de una casa naranja y amarilla de la calle Sombrerete de Ciudad de México, alguien decía:“(… ) ha fallecido a los ochenta y cinco años en Quintana Roo, Cancún, de un fallo cardíaco”.

Se callaron todas las conversaciones: el ruido de los planes de la tarde, dónde almorzar y que si tacos o más bien quesadillas o si ya probaste el pozole. La voz de la periodista de Televisa sonaba grave, tanto como para que se haga el silencio entre gente extranjera que habla de qué almorzar en este país.

Fue escuchar medio segundo la cancioncita de inicio de ‘El Chavo del 8’, que es tan reconocible como la foto de una misma cuando era niña, y saberlo de inmediato. Es él, se ha muerto él: el Chavo, el Chapulín Colorado, el Doctor Chapatín, Chaparrón Bonaparte, el Chómpiras, Chespirito.

Roberto Gómez Bolaños se ha muerto. O, lo que es lo mismo, parte de tu infancia murió.

Recuerdas que, en Guayaquil, a las 20:00 ya estabas en pijama, los deberes hechos, la maleta del día siguiente preparada y venías a la cama de tus padres, te subías de un salto y te acostabas con tu hermano frente al único televisor de la casa y tu papá se hacía un poco el loco y no ponía el canal 2 de inmediato y se reía de la histeria de los niños por no perderse ni un minuto y por fin la canción de inicio de ‘El Chavo’, pura alegría que hacía silbar al papá o, lo que es igual, silbar a todos.

¿Qué habrá hecho ahora este Chavito? Gozabas con las lecciones del ‘Maistro Longaniza’, los 14 meses de renta que debía ‘Rondamón’, “el Tangamandapio es mi pueblito natal” de Jaimito El Cartero, el “no oigo nada soy de palo tengo orejas de pescado” y tantos y tantos mexicanismos que nos vincularon a este país más que la colonia española.

Chespirito fue la verdadera capital de Latinoamérica, el sueño bolivariano encarnado en el Chavo, un huérfano mexicano; el Chapulín, un superhéroe más ágil que una tortuga, más fuerte que un ratón; Chaparrón Bonaparte: “¿sabías que la gente anda diciendo que tú y yo estamos locos, Lucas?”, personajes que hacían reír y que salieron de la cabeza de Gómez Bolaños, eso fue lo que nos unió a todos. Pregúntenle a quién sea.

Y en millones de casas de la larga, larguísima, América Latina se oyó el mismo acento mexicano haciendo reír a niños y a padres. Y en millones de casas de la larga, larguísima América Latina, los niños desearon que no se acabe nunca: el Chavo, la infancia, los papás.

Pero ha muerto Roberto Gómez Bolaños un día en el que estás en México DF. En 2014. Treinta años después. Correr otra vez al televisor y otra vez ver al Chavo en pantalla, aunque ya no está tu papá para cambiar de canal ni silbar la melodía. Pasan un fragmento del primer capítulo: Don Ramón está intentando tomarle una foto a la Chilindrina, y llega él, aunque aún no sabemos quién es quién, con una bolsa colgada de un palo y con esa cara –un poco tonto y un poco listo- a meterse, a curiosear.

A la Chilindrina le divierte ese niño sin padres, sin casa, que viene de la calle. A Don Ramón (que pronto será ‘Rondamón’), en cambio, le molesta que el muchachito ese no se aparte para tomar la foto de una vez a su hija. Hastiado de pedirle que se quite, le dice malhumorado: 

“¿Qué traes?”. Y el Chavo, con su gorro, su camiseta de rayas y esa carita de pecas pintadas, le contesta con la voz que seguro todos, al menos los nacidos en los sesenta, setenta y ochenta, tienen en la cabeza: “Hambre”.

Así nos presentaron a la vecindad: con un nudo en la garganta. Y luego con risas y otra vez, de repente, con un nudo en la garganta. Nos enamoramos de las travesuras, del ‘sin querer queriendo’, de los enredos, de los equívocos, de los chispoteos, pero también nos enternecimos con el niño huérfano metido en el barril, obsesionado con la torta de jamón -¿se acuerdan de que soñaba con ella?-, que no tenía padres y que –“es que no me tienen paciencia”- se ganaba unos coscorrones debajo de la gorrita que le hacían llorar su famoso pipipipipipi.

¿Quién no recuerda, por ejemplo, el capítulo en el que se iba toda la vecindad a Acapulco, menos él y se apagaban de a poquito las luces de la vecindad y él se iba quedando solito? Si hubieran pedido dinero a los niños de América Latina para pagar ese viaje hubiese sido la teletón más exitosa de la historia.

El Chavo del 8, niño adorado de Latinoamérica y el personaje por el que seguramente será más recordado Roberto Gómez Bolaños, se metió en todas las casas del continente por su picardía, pero también por su anhelo de una simple torta de jamón, por ‘traer’ hambre.

En la avenida Alfonso Reyes de México DF, los quioscos exhiben la sonrisa infantil de Gómez Bolaños en alguno de sus personajes. Todos los periódicos del país lo despiden con dulzura: ‘Adiós Chavito’, ‘Se fue sin querer queriendo’, ‘Murió Chespirito’, ‘Y ahora, ¿quién podrá defendernos?’

En la casa naranja y amarilla de la calle Sombrerete se escuchan risas todo el día: la programación de los canales de radio y televisión se ha convertido en un homenaje sin fin al hombre que unió por medio de la comedia a América Latina. Ha muerto, pero se oyen risas.  Eso le encantaría.

En contexto
El comediante, escritor, guionista, productor y multifacético actor había sufrido en reiteradas ocasiones de quebrantamientos en su salud, vinculados principalmente a problemas respiratorios. Oficialmente no se ha confirmado cuál fue la causa del deceso.

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