31 de octubre de 2017 00:00

La celebración de los comuneros del Quilotoa son para la Virgen

Los comuneros se disfrazan para realizar comparsas en honor a la Virgen del Quilotoa. Foto: Cristina Márquez / EL COMERCIO

Los comuneros se disfrazan para realizar comparsas en honor a la Virgen del Quilotoa. Foto: Cristina Márquez / EL COMERCIO

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Cristina Márquez
Redactora
(F-Contenido Intercultural)

La urna que contiene a la Virgen, patrona de las 17 comunidades asentadas cerca al cráter del Quilotoa, en Cotopaxi, nunca falta en las celebraciones y eventos importantes. Personajes populares y comparsas le dedican coreografías especiales.

Los bailes son una muestra de la simbiosis cultural que ocurrió tras la llegada de los españoles. Representan, por una parte, a varios personajes sagrados de la cosmovisión andina como el espíritu del páramo, el Diablo Huma, y animales de esa zona, y por otro lado cuentan la historia de la dominación y la llegada de esclavos africanos al continente.

Antes de empezar el baile comunitario todos los personajes que integran las comparsas forman una fila frente a la urna de la Virgen. Cada uno baila a un tono diferente y realiza una coreografía singular antes de pedir la bendición de su patrona.

“Siempre que celebramos algo importante nuestra patrona nos acompaña. Hoy, por ejemplo, festejamos por la construcción de una puerta de acceso a la laguna, y nunca festejamos nada sin agradecerle por esa bendición”, cuenta Miguel Ángel Jácome, presidente de la Asociación Turística Lago Verde Quilotoa.

Esa celebración se inició con una misa para bendecir el lugar y para agradecer por la nueva construcción. Cuando la ceremonia concluyó, los pingullos y tambores sonaron y se entonó la melodía del danzante.

A ese compás un grupo de comuneros disfrazados con máscaras de perros se alineó frente a la urna de la Virgen, se acercaron en cuclillas y arrancaron las sonrisas de varios turistas con varias piruetas.

“Los perros para nosotros representan la protección, descienden de los lobos y son animales a los que les tenemos respeto”, cuenta Pedro Jácome, uno de los bailarines.

Cuando llega el turno de los Diablo Huma y de quienes llevan trajes hechos con hojas y ramas silvestres, que representan al espíritu del páramo, la tonada cambia. Los bailarines se retiran la máscara para pedir bendición y luego caminan de rodillas frente a la Virgen.

Los bailarines aprendieron los pasos, las coreografías y el diseño de los trajes de sus padres y abuelos. La gente que habita en ese sector calcula que esa tradición se cumple desde hace más de 100 años.

“Nuestros padres nos contaron que la Virgen logró salvarlos de la furia del volcán Cotopaxi y por eso estamos agradecidos”, dice Jácome.

La celebración en las comunidades es un festejo que se realiza en paralelo al de la Mama Negra, en Latacunga.

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