29 de diciembre de 2017 16:01

La caza furtiva amenaza al águila real en Albania, símbolo del país

Ya sea para disecarlos o guardarlos en cautividad, la venta de aves rapaces es un negocio bien establecido en Albania. Foto: AFP

Ya sea para disecarlos o guardarlos en cautividad, la venta de aves rapaces es un negocio bien establecido en Albania. Foto: AFP

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Agencia AFP

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Puede que pronto el águila, símbolo de Albania, solo aparezca en la bandera nacional, debido a la caza furtiva que acaba con muchos de esos animales en el país balcánico.

A orillas de una carretera nacional, a 30 kilómetros al norte de Tirana, Asllan propone a los automovilistas un águila ratonera por entre 7 000 y 10 000 leks (entre USD 63 y 90), una especie protegida al igual que el águila real o los buitres.

A Asllan no le importa en absoluto. Enseña el animal, herido por una bala en un ala y con las garras atadas. “No he sido yo quien lo ha herido. Me lo han dado para que lo venda. Unos compradores querrán guardarlo en una jaula, en un bar o un restaurante”.

Ya sea para disecarlos o guardarlos en cautividad, la venta de rapaces es un negocio bien establecido en el país.

Entre las cuatro especies de buitres que vivían antaño en Albania, “ya sólo queda una, el alimoche común, con una población extremadamente reducida”, dice Mirjan Topi, autor de la primera guía de aves de Albania.

La amenaza también se cierne sobre el águila real, de la que aparece un espécimen bicéfalo en la bandera del país. Según los expertos, había entre 100 y 200 parejas de águilas reales hace 25 años en el país, una cifra que se ha reducido de mitad desde entonces.

Disecado en los bares

“Hace 50 años o incluso a principios de los años 1990, se la podía ver en cada cumbre”, pero ahora “está en vías de extinción” en Albania, lamenta el biólogo Taulant Bino, presidente de la sociedad albanesa de ornitología.

A nivel mundial, el águila real no se considera sin embargo como una especie en peligro de extinción, según la clasificación de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Pero en Albania los lugares más seguros para encontrar águilas reales son ahora “los bares, los restaurantes o los hoteles” donde aparecen “disecados”, dice Topi. El objetivo es “decorar los interiores para atraer a los clientes, aunque sea un espectáculo repugnante, ofrecido en violación de la ley”, se indigna.

En la ciudad de Orikum, en el sur del país, Petrit, de unos 50 años que no quiere dar su apellido, está orgulloso del águila que compró por unos 477 dólares para exponerlo en su bar al lado de la bandera nacional y otras aves disecadas. “Es cada vez más raro encontrar un águila”, dice.

Los servicios del Estado han amenazado con cerrar su establecimiento si sigue exponiendo su trofeo, pero no le importa. “Estoy dispuesto a pagar una multa, pero quiero conservarlo”, asegura.

¿Hacia una ley más dura? 

La prohibición de cazar estas aves desde 2014 ha disuadido a gran parte de los entre 2 000 y 3 000 cazadores italianos que, según las estimaciones, mataron a más de 150 000 aves, incluidos centenares de rapaces, en la última década.

Pero las autoridades, contactadas por la AFP, reconocen la insuficiencia de la represión, ya que la legislación sólo contempla sanciones administrativas. Según Ermal Halimi, experto del ministerio de Turismo y Medio Ambiente, se prevé un endurecimiento de la ley con “penas de cárcel para cualquier delito que lleve a la desaparición de animales protegidos”.

Los aves de presa afrontan también otra amenaza, más insidiosa, los esqueletos de animales envenenados que los pastores diseminan para proteger a sus rebaños ante los lobos.

“Un solo esqueleto basta para matar a varias aves rapaces si lo encuentran antes que el lobo”, explica Nexhip Hysolokaj, experto en medio ambiente en la región de Orikum.

En marzo se encontraron los restos de seis águilas y buitres envenenados en esa zona.

Nunca se imponen multas por esta técnica a la que los pastores no parecen dispuestos a renunciar. “¡Las ovejas nos dan de comer, son nuestro orgullo pero los lobos las masacran! No tenemos alternativa”, dice Sado Xhelili, de 83 años, mientras vigila su rebaño.

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