7 de diciembre de 2017 00:00

Cacería del gallo une a comuneros de Achupallas

La música andina es parte de la fiesta comunal en Tres Cruces. Foto: Cortesía / Ariolfo Camas

La música andina es parte de la fiesta comunal en Tres Cruces. Foto: Cortesía / Ariolfo Camas

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(F-Contenido Intercultural)

Atrapar al gallo requiere agilidad, destreza para montar, un caballo fuerte y veloz, y resistencia física. Cada año en noviembre unos 200 comuneros de la parroquia Achupallas, al sur de Alausí, festejan la fundación de la comunidad Tres Cruces con el juego de la cacería del gallo.

El evento es todo un acontecimiento y se publicita con varias semanas de anticipación. Los concursantes eligen a los caballos más veloces y recorren las posibles rutas de la carrera varios días antes de que se realice la fiesta. Es que además del premio económico, el ser considerados el mejor jinete de la zona es un orgullo anhelado por todos.

Tres Cruces es una comunidad que está situada en el páramo de Alausí, en Chimborazo. Esta localidad está junto al Qhapaq Ñan. Se denomina Tres Cruces debido a tres antiguas tumbas colocadas junto a la laguna.

La gente cuenta que se trata de tres viajeros que fallecieron al recorrer el antiguo camino inca. Es que el trayecto está lleno de obstáculos que solo los mejores jinetes pueden librar, además el clima es frío y los páramos están sobre los 4 000 metros de altura.

Este año unas 200 personas acudieron al festejo que se inició al amanecer del sábado 18 de noviembre. La música tradicional que sonó al ritmo de sanjuanitos y capishcas anunció el inicio de la fiesta.

El recorrido se hace por los páramos de Achupallas. Se extiende hasta por 10 kilómetros y dura unas cuatro horas.

El recorrido se hace por los páramos de Achupallas. Se extiende hasta por 10 kilómetros y dura unas cuatro horas.


La tradición es relativamente nueva, se practica desde hace 28 años. Aunque el juego en realidad es mucho más antiguo, se cree que es originario de la época colonial, cuando los conquistadores trajeron caballos desde Europa.

“La gente quería rescatar una tradición antigua para tenerla como una bandera de identidad”, cuenta Ariolfo Camas, presidente de la comunidad Azuay.

El juego consiste en perseguir al jinete más audaz por los páramos, él es el gallo. Quien logre atraparlo del poncho o quitarle el sombrero se convierte en el nuevo gallo y es quien preside las fiestas de la comunidad.

La música es parte del festejo. Acordeones, saxofones y teclados se unen para amenizar las fiestas y animar a los jinetes antes de la carrera.

La chicha de jora y el canelazo, preparado con licor y agua aromatizada con hierbas del páramo, también es indispensable durante los festejos. Las mujeres son las encargadas de preparar las bebidas y los refrigerios.

Al sitio llegan jinetes de las 24 comunidades de la parroquia. Algunos prefieren llevar sus propios cucayos (porciones de comida), que incluyen mote, habas, cuyes asados, fritada, quesillo fresco y tostado.

“Se necesita de mucha energía para participar. Los recorridos se extienden por al menos 10 kilómetros y duran hasta cuatro horas”, cuenta Camas.

Las mingas para despejar el Qhapaq Ñan, por donde recorre la carrera, se realizan con un día de anticipación y también son un motivo para unir a la comunidad. Cada participante llega con una herramienta y una colaboración para la pambamesa (comida comunitaria).

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