17 de julio del 2016 00:00

Jorobadas, visitantes ancestrales

Puerto López tiene un vínculo con las ballenas desde hace miles de años. Foto: Archivo EL COMERCIO

Puerto López tiene un vínculo con las ballenas desde hace miles de años. Foto: Archivo EL COMERCIO

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Elena Paucar
Redactora
(F-Contenido intercultural)

Sercapez era el nombre de Puerto López en la época prehispánica. Hace más de 5 000 años, este cantón manabita, anclado en una ensenada frente al Pacífico, fue el territorio de las culturas Valdivia, Machalilla, Chorrera, Bahía…

Y particularmente fue el centro urbano de los mantas, hábiles navegantes que llegaron con sus balsas hasta México y Chile. La reseña es parte del libro ‘Las canas de mi pueblo’, del escritor lopense Cínerman Miranda, y llama la atención que esa ruta ancestral coincide con la que mantienen las ballenas jorobadas.

Entre junio y septiembre, la Megaptera novaeangliae escoge estas aguas cálidas para vivir un romance. Las gigantes -de hasta 16 metros y casi 40 toneladas-, eligen tramos de la Costa ecuatoriana para aparearse y tener a sus crías.

La relación entre este majestuoso cetáceo y los antiguos habitantes de Puerto López quedó plasmada en tótems y ciertas esculturas que aún son custodiadas en viejas comunidades de la zona, como cuenta Ángel Pincay. Él y otros lopenses empezaron en 1993 la observación de ballenas en pequeñas lanchas pesqueras.

Esa fue, hasta esa década, la principal actividad del lugar y el oficio de toda la vida de Teodoro González. A sus 84 años recuerda que salía de faena con su esposa y sus hijos.

“Antes pescábamos en la noche y desde mayo ya las oíamos roncar. La piel les brillaba y subían rápido del fondo. Daba tanto miedo que recogíamos las redes y nos íbamos”.

Para los viejos pescadores, las jorobadas eran el Rubiel, un ser mitológico del océano. Actualmente, para personajes como Gonzalo Figueroa, estos son animales amigables y juguetonas compañeras en los largos viajes en altamar. “Las crías nadan junto a los botes. Tenemos cuidado con las redes cuando están cerca”.

Esa conciencia de conservación surgió en 1998, cuando el fenómeno El Niño devastó a Puerto López. Irónicamente, relata Pincay, esa desgracia hizo despegar el boom del avistamiento de ballenas.

“Antes de 1998 -cuando se hizo el primer festival de observación- solo teníamos dos hostales y tres restaurantes. Hoy tenemos 150 establecimientos y 32 operadoras turísticas. En 100 años la pesca no hizo lo que las ballenas hicieron en 18 años”, dice Pincay, actual director de Turismo del Municipio de Puerto López.

Desde el Cabildo, explica, se vigila el cumplimento de la legislación de protección de las ballenas. Y se ejecutan planes para evitar que los desechos terminen en el mar y afecten a los cetáceos y a otras especies.

También hay un programa de fotoidentificación -las manchas en las colas de las ballenas son como una huella digital-. Esa es la base para el apadrinamiento de las jorobadas, al que ya se han sumado algunos embajadores que les han dado nombres como William Shakespeare (Reino Unido) y la Pichota (Chile).

Cada año se calcula que llegan entre 400 y 600 ballenas al mar de Puerto López. Carmen Ponce es guía naturalista del Parque Nacional Machalilla y cuenta que ha visto a más de 30 juntas, dando saltos. Sus historias hacen olvidar la sensación de mareo entre los 18 tripulares del Lobo Marino II.

Ella cuenta que las jorobadas prefieren las aguas ecuatoriales por la influencia de las corrientes de Humboldt y El Niño.

Su relato es también una invitación a preservar el ambiente que rodea a estos mamíferos. Pide no arrojar fundas por la borda, porque podrían confundirlas con alimento. Y cuando están a punto de aparecer, ruega silencio porque son muy sensibles a los sonidos.

Esta última promesa es difícil de cumplir. Los visitantes no pueden evitar los suspiros de emoción cuando ven los ‘árboles blancos’ que se dibujan sobre el mar. Esa es la señal para identificarlas a lo lejos, la huella que dejan en el aire cuando salen a respirar.

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