27 de julio de 2015 20:50

Un ascenso para conquistar los sueños

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Yadira Aguagallo
Redactora (I)

La gloria sabe a un pedazo de nieve que se diluye en la boca. La perseverancia es una bocanada de aire frío que ingresa a los pulmones y sale como un suspiro de esperanza. El esfuerzo de ascender 5 500 metros con una prótesis encuentra su respuesta en la familia que espera al pie del refugio del volcán Cayambe para recibir a sus héroes personales.

Los primeros rastros de suelo sin nieve producen una especie de opresión en el pecho: en parte por el descenso, en parte porque el cúmulo de emociones es tan grande como el glaciar y empieza a desbordarse por el equipo de ropa de escalar.

La tarde del domingo 26 de julio, 16 personas (ocho de ellas con amputaciones) demostraron que son las barreras mentales las que impiden disfrutar del mundo y no una discapacidad. Con el ascenso al Cayambe completaron un ciclo que se inició el 19 de julio cuando coronaron el Pasochoa (4 200 metros); luego siguió el Ruco Pichincha (4 616 metros); el Rumiñahui (4 721 metros); y los Ilinizas (5 265 metros).

Son 24 302 metros de valor para un objetivo: recaudar USD 50 000 para la adquisición de 100 prótesis para personas con amputaciones en Ecuador, EE.UU. y Guatemala. El proyecto está dirigido por la fundación ‘Climbing for Romp’, que nació en el 2005 en suelo estadounidense y que llegó al país en el 2007 de la mano de David Krupa, de 35 años y con un pie amputado.

El domingo pasado, 20 ciudades en todo el mundo se sumaron a la iniciativa. Nueva Zelanda, Tailandia, Chile, Guatemala, entre otros, fueron algunos de los lugares en los que personas con similares características cumplieron el eslogan de la fundación: “Escalar alrededor del mundo por la movilidad”.

Pero para hacerlo, primero hay que vencer la cima interna que toda persona tiene. Karl Egloff, coordinador logístico de la expedición, explica que el entrenamiento —que se inició hace tres meses— tiene un componente psicológico. Históricamente, quienes han perdido un miembro suelen ser relegados a tareas de poca movilidad. Vencer ese estereotipo es aquello en lo que la Fundación Romp trabaja a diario.

Además buscan que quienes han sufrido una amputación accedan a prótesis desarrolladas con tecnología de punta, acondicionadas para asumir retos como subir una montaña.
Contar con esos insumos ha marcado la diferencia en Jonathan Herrera. Hoy tiene 19 años, pero a la edad de 12, cayó de un tráiler, y perdió su pierna derecha. Pasaron varios años hasta que pudo disfrutar de una prótesis para cumplir sus sueños de comerse el mundo.

Junto a él, Hólger Vélez, de 25 años, quien perdió su pierna izquierda en un accidente de moto, caminó los últimos tramos del desafío al Cayambe. Juntos recordaron cómo el día anterior todo parecía estar en su contra. Para llegar al refugio se enfrentaron al lodazal. A causa de la nieve, los autos no subieron y debieron cargar el equipo.

A las 23:00 del sábado 25 de julio, hora establecida para el ascenso, Santiago Quintero —andinista ecuatoriano que en el 2002 perdió la mitad delantera de sus dos pies luego de su subida al Aconcagua— informó que el viento impedía que la travesía iniciara. La nueva hora de salida se fijó para las 03:00 del domingo, pero el temporal no daba tregua. Finalmente, a las 06:00, aun sabiendo que la densidad de la nieve dificultaba la llegada a la cima, subieron.

Mientras las horas en el refugio transcurrían, Katherine Pico, ecuatoriana y Sandy Dukat, estadounidense, ambas con prótesis, soñaban con la cima. Llegaron hasta Picos Jarrín, 200 metros debajo de la cumbre. Pero la meta estaba cumplida: Katherine inició esta travesía para festejar sus seis años libre de un cáncer que en el 2009 le arrebató la mitad de la pierna, pero no la confianza.

Sandy, campeona de esquí, respiró el aire de la mitad del mundo en honor a quienes vencen los fantasmas de los complejos. Lo hizo en recuerdo de su padre, fallecido en el 2013 y quien nunca dudó de sus habilidades como deportista.

Así como nunca dudó Enrique, el abuelo de Jonathan, la nieve y el frío no impidieron que este hombre de 75 años, arropado con un gorro y una pequeña bufanda, corriera con su nieto y, entre lágrimas, le susurrara que es su orgullo.

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