29 de julio de 2014 18:24

Crónica del alunizaje, escrita por un ecuatoriano que estuvo de paso por Nueva York hace 45 años

Edwin E. Aldrin Jr, camisa sobre la superficie lunar e 16 de julio de 1969. Foto: AFP
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Por Fausto Segovia Baus, Especial para El Comercio

¡No lo podía creer! Quien escribe estas líneas tenía en julio de 1969 veintiún años y viajaba a Europa por primera ocasión, gracias a la invitación de la Asociación Cristiana de Jóvenes –YMCA- a un foro mundial de juventudes, en la ciudad de Nottingham, Inglaterra.

El itinerario fue diseñado con todo rigor y personalmente por el empresario Rubén Proaño, ejecutivo de Metropolitan Touring, en las oficinas ubicadas en el centro de Quito, frente al antiguo correo, hoy Vicepresidencia de la República.

La ruta escogida fue la más barata: Quito-Miami, en Ecuatoriana de Aviación, un avión Electra para ser exacto; Miami-Nueva York, en Eastern, un jet; Nueva York-Reikiavik (Islandia)-Luxemburgo, en un trasatlántico, de cuatro motores, turbo-hélice; Luxemburgo-Bruselas, en Luxair; y Bruselas-Londres, en Sabina.

¡La noticia del siglo!

Pero esta ruta tan bien elaborada por Rubén Proaño se hizo añicos cuando al llegar a Nueva York, el aeropuerto Kennedy se paralizó por una razón de fuerza mayor: ¡el 19 de julio de 1969 llegaba el primer ser humano a la Luna, a la base de la Tranquilidad!

Cientos de personas se agolpaban en los ‘counters’ para indagar sobre sus vuelos y conexiones. La respuesta era la misma: ‘vuelos cancelados’. Ante esa situación no había otra alternativa que esperar.

Y la espera se hizo eternidad… primero porque no había dónde pernoctar: el suelo del aeropuerto era nuestra cama y el sueño nuestro acompañante, mientras dirigíamos la mirada a una pantalla gigante, en blanco y negro, que daba, al principio, señales difusas y sonidos incongruentes, en tanto los altavoces del aeropuerto anunciaban la… ¡noticia del siglo!Verdadero Babel
Era mi primer viaje al extranjero.

El ambiente era ciertamente pesado, el espacio pequeño y la gente –indisciplinada, cuando no- regada en el piso: unos leían, otros comían y la mayoría somnolienta con sus cabezas en almohadas improvisadas (las maletas de mano).

Quienes estábamos despiertos conversábamos con personas desconocidas, en ‘media-lengua’, claro. Había gringos, latinos, árabes con turbantes blancos, afrodescendientes y un sinfín de nacionalidades quienes en un auténtico Babel hablábamos en voz alta sobre el tema del día: la Luna y su aventura.

‘Un salto gigantesco…’

Después de un tiempo prolongado hubo un murmullo, que fue aumentando. Todo el mundo se levantó y centró su atención en la pantalla que, al principio, era negra; luego gris, y finalmente blanca.

Recuerdo que existía una expectativa enorme entre todos los pasajeros que yacíamos de pie, ávidos de noticias espectaculares. ‘Se va hundir’, ‘No, parece arena’, ‘Es blanca, y ya baja Neil (Armstrong)’…

En eso, alguien comenzó la cuenta regresiva y todos, sin excepción, comenzamos a gritar: ‘…Five, four, three, two, one…’ Y gritábamos de emoción, mientras abrazábamos a desconocidos y muchas, muchísimas personas lloraban de emoción con los ojos clavados en la pantalla.

Fue un momento emocionante, que no olvidaré jamás. Y la caminata lunar continuó, a saltos y brincos, en tanto la cámara se acercaba y delataba los surcos de la suela del zapato del astronauta, mientras en el horizonte negro se veía montañas y la propia cápsula con destellos brillantes.

Un punto culminante fue cuando uno de los astronautas colocó la bandera de los Estados Unidos de América, en el Mar de la Tranquilidad.

Hace 45 años la misión Apolo 11 llegó a la Luna, el satélite natural más cercano de la Tierra. El 20 de julio de 1969 retumbó en todos los sitios del orbe una frase histórica pronunciada por Neil Armstrong: ‘Este es un pequeño paso para el ser humano; un salto gigantesco para la humanidad’.

Acontecimiento mundial

Aunque algunos consideran que este suceso fue un fraude, en un mundo donde prevalecen la incertidumbre y la incredulidad, mi experiencia en Nueva York fue real, cuando aquel día por obra y gracia del destino y de Neil Armstrong y Edwin Aldrin, astronautas, me quedé ‘varado’ en el aeropuerto J.F.Kennedy, de esa ciudad, y fui testigo de este acontecimiento mundial.

Repuesto de la emoción descubrí lo inevitable: que todas las conexiones previstas se habían cancelado o modificado. Ahora tenía que ponerme las pilas para buscar vuelos, asientos y hoteles en países francófonos. Y esa fue otra aventura increíble. La meta era llegar a mi destino: la ciudad de Nottingham, tierra de Robin Hood, en el interior del Reino Unido. Pero esa es otra historia.

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