13 de noviembre de 2015 00:00

La Aldea Franciscana es el hogar y la familia de 22 huérfanos con VIH-sida

Se busca que los niños que habitan en este hogar desarrollen una infancia normal, entre juegos y formación educativa.

Se busca que los niños que habitan en este hogar desarrollen una infancia normal, entre juegos y formación educativa. Foto: Ilaria Rapido para El Comercio

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Ilaria Rapido 
para EL COMERCIO (I)
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Alfonso Castells, sacerdote franciscano, era padre y madre de 22 niños con VIH-sida. Los pequeños lo llamaban “papá”. Hace siete semanas, los chicos quedaron huérfanos otra vez. Castells falleció de un ataque cardíaco y los chicos, ahora, necesitan más ayuda.

A pocos minutos del lago San Pablo (Imbabura), se encuentra la Aldea Franciscana Santa María de los Ángeles. Hace 15 años, Castells recibió esta casa como obsequio de parte de María Beatriz Paret, esposa del expresidente Alfredo Palacio. El religioso decidió hacer con ella algo menos mundano: la convirtió en un hogar para niños huérfanos con VIH-sida.

Varios pequeños juegan con sus bicicletas por el jardín. Es la hora de almuerzo. Carlos (nombre protegido) les dice que cojan su plato y que vayan a sentarse en la mesa; a todos llama “ñañito”. Es el mayor, pero todavía no llega a los 18 años. Hoy está desanimado, dice que los demás no aprecian el trabajo que hace en el huerto. En general, todos están tristes. “Suelen ser chicos muy activos y risueños”, dice Zoila Camacho, gran amiga de Castells, quien viaja desde Quito para visitar a los niños. “Los más pequeños todavía preguntan cuándo volverá el papá”. Todos se sientan a comer y los más grandes ayudan a los bebés. La más pequeña tiene 8 meses y duerme en su cochecito.

Cuando Castells recibió la casa, empezó a repararla y acogió a cuatro niños con VIH-sida. La comunidad supo lo que el padre estaba haciendo y, poco a poco, empezaron a llegar más afectados. Ahora, la Aldea alberga a 22 chicos de todo el país. A varios los abandonaron cuando supieron de su enfermedad: fueron dejados en hospitales y en las calles.

Hace una década, la Fundación Juvilus -actualmente, propietaria de la Aldea Franciscana- decidió unirse a esta iniciativa. La institución se encarga de que los chicos puedan tener una vida digna. La Aldea se sustenta con donaciones y en tres hectáreas de terreno, donde cultivan y crían ganado porcino.

¿Cómo viven los menores en este hogar? Todos acuden a la escuela e intentan tener una infancia normal. En el patio corren, montan bicicleta, juegan con el balón. Lo diferente es tomar su medicina diaria.

En casa, dos señoras se encargan de cocinar. Desde que Alfonso murió, Lucía Velástegui –amiga del padre y voluntaria– se queda con ellos en las noches: “Yo me encargaba de todos los análisis porque tengo un laboratorio. Nunca nos imaginamos que iba a pasar esto, entonces estoy viviendo aquí por la medicación, porque ahora soy la única que maneja los retrovirales”, comenta.

El Ministerio de Salud provee a la Fundación todos los retrovirales que los niños necesitan. Sin embargo, los demás gastos necesitan ser cubiertos. Según Velástegui, se requieren artículos de cuidado personal; por ejemplo, pañales para los más pequeños. Además, los chicos ingieren vitaminas por el exceso de retrovirales que toman. Su piel es muy áspera y deben usar cremas para los hongos y para el cuerpo, al igual que humectante para labios.

Por otro lado, alimentar a 22 chicos no es barato, y al gasto se suman los productos de aseo de la casa. Hace unos días, la lavadora industrial se dañó, por lo que no pueden lavar su ropa. Lavadoras nuevas son una de las prioridades.

Según Patricia Palacios, miembro de la fundación, cualquier tipo de donación es válida. Sin embargo, lamenta que no todos recuerden que los niños requieren de su ayuda durante todo el año. “Lo que necesitamos es constancia en las donaciones, todos se acuerdan de nosotros en Navidad, pero el resto de meses pasamos un poco de apuros”, cuenta. Para esto, aconseja que los que quieran aportar, lo hagan con pequeñas sumas de manera mensual, “así sea de cinco dólares”. De esta manera, tendrán siempre un colchón para cubrir cualquier emergencia.

Además, los chicos tienen necesidades que van más allá de lo material. “Lo principal es el amor, el afecto, el cariño. Que les vayamos a ver, que les saquemos a pasear, que les llevemos a un parque, eso es lo principal”, dijo Velástegui. Una simple visita los ayudará a sacar una sonrisa.

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