15 de December de 2014 21:26

Los acordeonistas del pasillo no desaparecen

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Alexander García

Los acordes de Sendas distintas suenan melódicos y completos en un solo del acordeón blanquinegro de Agustín Mejía, quien acciona 41 teclas con la mano derecha y tiene más de medio centenar de botones en la izquierda. El pasillo adquiere la dulzura del viento pasando por los intrincados mecanismos del artefacto.

“Eso es lo bonito del acordeón, el teclado de la mano derecha hace las veces de la guitarra y el de la mano izquierda, las del requinto”, comenta Mejía, que desde hace un año aprende las claves instrumento. En el teclado que se asemeja al de un piano lleva la melodía y en los botones, el tiempo y el acompañamiento (bajos).

“Es un poco complejo. Es un instrumento al que hay que ponerle voluntad”, añade el músico de 65 años. Mejía es uno de los seis alumnos que estudian los secretos del acordeón en la Escuela del Pasillo Nicasio Safadi, en Guayaquil.

Desde hace seis años, la Escuela -que forma parte del Museo Municipal de la Música Popular Julio Jaramillo- busca perpetuar la tradición de un instrumento que “ha caído en desuso”, pero que, según el profesor Luis Medina, aporta una carga de sentimiento especial a la música nacional. “Usted puede transmitir el malestar, la tristeza o la alegría también. Es un instrumento muy versátil”.

Una muestra de aquello la dieron recientemente Los Hermanos Ledesma, dúo tungurahuense ganador de la tercera edición del programa ‘Ecuador Tiene Talento’, de Ecuavisa. Pasillos como Tú y yo o Acuérdate de mí adquirían otra personalidad en el acordeón de Luis Ledesma, quien demostró en el escenario las posibilidades expresivas que un acordeonista puede aportar a los ritmos ecuatorianos.

La vinculación del instrumento con la música nacional data de la segunda mitad del siglo XIX, cuando los inmigrantes europeos lo introdujeron prácticamente en toda Latinoamérica. El acordeón es crucial para el desarrollo del folclor de la región, desde la música norteña mexicana, el merengue centroamericano, la cumbia panameña, el vallenato colombiano hasta las polcas paraguayas y la cumbia argentina.

En Ecuador, el acordeón es el instrumento que junto con la guitarra irradia la música desde los campos, cuenta la historiadora Jenny Estrada, directora de la Escuela del Pasillo. Hubo una época, hace 50 años, en que se puso de moda en Guayaquil. Era un compañero para los paseos y las reuniones.

“Tuvo mucha importancia para nuestra música. Y aún se usa mucho en la Sierra. Hay dinastías de acordeonistas como los Godoy de Riobamba, el abuelo, el padre y Paco Godoy, que es el acordeonista número del país”, agrega Estrada, cuya formación inicial fue de pianista y quien también fue acordeonista.

“El acordeón le aporta riqueza a la música nacional, otras posibilidades de expresión musical y también de profesionalización”.

Primero el violín y luego el requinto desplazaron a los acordeonistas del acompañamiento principal de pasillos, sanjuanitos y pasacalles. Las razones del poco uso del acordeón pasan -según el profesor Medina- entre otras cosas por su alto costo y porque es difícil conseguirlos en el país. “Estamos rescatando este valor, antes siempre se acompañaba las serenatas con guitarra y acordeón”, dice el pianista, que aprendió a tocar el artefacto de fuelle para enseñar música en las escuelas fiscales.

Los Hohner (Alemania) y los Galanti o Paolo Soprani (Italia), que fueron las marcas emblemáticas, han dado paso en el mercado a toda una gama de acordeones chinos.

John Molina, de 15 años, toca en un Robinson el pasacalle Chica linda junto a su hermano Jorge, de 13 años. Ellos cuenta que su abuelo, Gastón Molina, les regaló un acordeón y
que tras presentarse en una audición fueron aceptados a cursar en la Escuela los dos ciclos intensivos, de un semestre cada uno.

“Se necesita coordinación en el momento de combinar las dos manos y accionar el fuelle al mismo tiempo. Al principio parece difícil, pero al tocar le vas tomando el gusto”, cuenta John, que junto con su hermano ahora son el deleite de las reu­niones familiares. Él ve en la música la “posibilidad de una profesión” y cree que como acordeonista puede insuflarle “nuevos aires” y fusiones a los géneros propios de la música ecuatoriana.

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