1 de abril de 2018 16:05

Abreu, o la música como un derecho

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, decretó este 24 de marzo del 2018 tres días de duelo nacional por la muerte del músico venezolano Jose Antonio Abreu, creador del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles del país caribeño. Foto: AFP

El gran genio detrás de El Sistema dejó una de las lecciones de Estado más relevantes: se puede cambiar a la sociedad con la cultura. Foto: AFP

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Diego Ortiz
ortizd@elcomercio.com

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La música como un camino y también como una oportunidad de formar a personas con una alta sensibilidad espiritual y éticamente comprometidos con su sociedad. A mediados de la década de 1970, este concepto apenas podía ser comprendido en la Venezuela que se levantaba como un imperio petrolero sudamericano.

Porque las esferas del poder pueden fácilmente extraviarse al definir los objetivos de un país, frente a la tentación de vivir de los frutos de la bonanza basada en los recursos naturales y no necesariamente en el talento o los valores.

Sin embargo, José Antonio Abreu colocó la piedra angular para realizar un cambio paradigmático. Por medio de la creación de El Sistema supo canalizar los intereses artísticos de la población más marginada dentro de la sociedad venezolana. Pero esto no es todo.

Más allá de su pasión por la enseñanza de la música académica, su verdadero mérito consistió en crear un puente entre la sociedad y la política a través de la cultura.

Y es que la obra de Abreu no solo sirvió para despertar la conciencia de que la música es un camino para cambiar radicalmente a la sociedad.

Ya sea con orquestas compuestas por niños en situación de riesgo, o bien con agrupaciones cuya base son las personas privadas de la libertad, Abreu demostró con creces que las prácticas culturales, cuando son una verdadera política de Estado, son una herramienta para mejorar la calidad de vida de la gente que día a día construye el entramado social.

Él mismo lo defendía: “la música es un derecho”. Y como tal, su realización permitía formar a personas críticamente responsables de su vida y de su entorno.

Como lo expresó en sus tantas metáforas musicales, el instrumento era un salvavidas para que esos niños, jóvenes y adultos marginados encuentren nuevamente un motivo vital que los lleve a ensayar, a prepararse, e incluso a disciplinarse con la finalidad de conseguir un objetivo: ser verdaderos músicos.

Así lo entendió Gustavo Dudamel, uno de los mejores exponentes de cómo El Sistema da un giro a la vida de las personas.

En su reciente columna publicada en El País tras la muerte de su maestro, él escribe: “Nos enseñó que el arte es un derecho universal y que la inspiración y la belleza transforman irreversiblemente el alma de un niño, convirtiéndolo en un ser humano más pleno, más sano, más completo, más feliz y, por ende, en un mejor ciudadano”.

¿Pero cómo son posibles todos estos cambios en la forma de ser de estos niños, jóvenes y adultos? Una de las respuestas está en la forma misma de concebir la educación musical dentro del Sistema.

Abreu defendía que al sentarse en el atril junto a un mejor músico, él se sentía impulsado a ser tan bueno como ese compañero de la orquesta.

Así, la música va más allá de ciertas complacencias estéticas; esta se convierte en un motor que transforma mentalmente a las personas, llevándolas a superarse y a aprender a trabajar en equipo, tal como sucede al interior de una agrupación sinfónica.

Aquí salta a la luz otro de los elementos esencialmente transformadores dentro de El Sistema: eliminar aquella soledad social en la que viven muchos de sus miembros y llevarlos a formar parte de la colectividad.

Abreu entendía que uno de los grandes problemas de las personas marginadas es la segregación.

En una conferencia de 2009, él resaltó que muchos de ellos no sienten una estima pública. Al incorporarse a El Sistema, su realidad cambia; comienzan a ser parte de algo que los excede, de un proyecto que los pone en contacto con los otros y que realmente los visibiliza por medio de presentaciones en grandes escenarios. Son los rostros de una transformación social, y eso los empodera.


A la postre, decía, en El Sistema podemos ver nuevas luces en torno al paradigma del humanismo educativo, el cual escapa a las imposiciones de crear seres idénticos, sino de dotarles de la capacidad de autorrealización basada en el trabajo en equipo y también en la búsqueda de intereses propios con el fin de estructurar a todo el entramado social.

Es por ello que uno de los aspectos que más relucía en este programa de formación musical fue la manera en la que los estudiantes se acercaban a sus instrumentos.

Para ellos, no era en extremo importante la repetición, tal como lo hacen las escuelas europeas de música académica, sino que hay espacios para la experimentación, e incluso para la adaptación de ciertos acordes y armonías que calen mejor en la mente de los espectadores de esta parte del planeta.

Al analizar el proceso de formación dentro de El Sistema, es imposible pasar por alto precisamente esta capacidad que tenían los músicos de cambiar los modelos de formación musical desde América Latina.

La revolución de Abreu no solo consistió en poner en la agenda gubernamental la formación académica y cultural de los integrantes de estas academias y orquestas. También fue decisiva la forma en la cual aquellos músicos entienden que es posible cambiar los esquemas mediante una interpretación más vigorosa, más enérgica, más latina.

La visión de Abreu traspasó las fronteras de Venezuela. Y en las últimas décadas se hapodido ver cómo en Ecuador, Colombia, México o EE.UU. se han formado músicos que han replicado aquella pasión del maestro por las artes.

Una de esas muestras es el trabajo realizado por Stanford Thompson, exalumno de El Sistema, en Play On, Philly!, una orquesta juvenil que trabaja con niños de escasos recursos de Filadelfia, Estados Unidos. Al igual que su maestro, este trompetista está convencido de que la música logra cambiar la forma en que las personas se ven a sí mismas y, además, la manera en que el público mira a estos músicos.

Como lo menciona en un documental de 2012, para Thompson lo más importante no es que los espectadores miren al escenario y digan: qué lindos se ven estos niños afrodescendientes de Filadelfia que pueden tocar un instrumento.

Su motivación principal, tal como aprendió de su maestro, es que la gente vea a esos jóvenes músicos en el escenario y diga: esos niños pueden hacer buena música.

Con ello se refiere a que lo que prima es que la gente cambie su mentalidad y no los siga viendo como marginados sino como personas que trabajan en equipo y logran hacer bien su trabajo: en este caso, la música.

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