12 de December de 2010 00:00

70 plantas nativas sanan en Europa

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Byron Rodríguez V.

La vida de Rosa Guamán ha estado signada por las luchas campesinas y el fervor por los grandes retos en Chimborazo, su provincia. Bajita, de pelo entrecano y ojos cafés, está al frente de la dirección Ejecutiva Jambi Kiwa, asociación que agrupa a 42 comunidades de la provincia -630 familias y 254 productoras- que exporta plantas medicinales a Europa y Canadá.

28 familias de la vecina provincia de Bolívar también integran Jambi Kiwa, un vergel de aromas y colores que se levanta en Santa Cruz, parroquia Yaruquíes, a solo 3 km al suroccidente de Riobamba.

Jambi Kiwa significa plantas que curan.

Luciendo con orgullo un sombrero negro y aretes de plata, Guamán dice que el proceso para organizar a las mujeres y adquirir la infraestructura de la empresa le llevó tres décadas.

Hoy es tiempo de cosecha: exportan al menos seis contenedores al año (30 000 cajas entran en un contenedor de 20 pies ; la cajita, de 25 sobres, cuesta USD 1).

Su oficina, en el segundo piso de la casa de 840 m², de cemento y ladrillo visto, es su centro de operaciones.

Se ayuda con una moderna computadora HP Compaq, para llevar las cuentas y registrar el trabajo de las comunas.

Abajo, en un amplio galpón de la primera planta, 16 chicos, todos veinteañeros, van y vienen llevando atados de ruda, manzanilla, paico, valeriana, ortiga, hierbaluisa, borraja, toronjil, tomillo. Un total de 70 plantas medicinales serán procesadas en las modernas máquinas, hasta convertirlas en pequeños sobres, similares a los de té.

Guamán, de 56 años, se acomoda el sencillo buzo azul y sentencia, con el aplomo de una curtida líder, que la dignidad de las 630 familias ya no es un sueño. “Mejoramos la calidad de vida, los hombres emigran a las ciudades y ellas se quedan al frente de los hogares”.

Es mediodía y por una ventana el huerto de plantas medicinales (3 ha), flanqueado por eucaliptos y pumamaquis, resplandece.

El viento mueve las parcelas de la manzanilla dorada y de la verde menta, irrigadas por el agua de un reservorio.

“La mayoría de mujeres -dice Guamán- ha terminado solo la primaria, no cursaron la secundaria, peor la universidad; sus tierras llegan hasta la media hectárea”. Sin embargo, han guardado por siempre, desde hace decenas de años, el saber ancestral de los yachag, los viejos sabios que conocían las propiedades curativas de las plantas.

¿Cómo conservaron el conocimiento? “De forma oral -sostiene- transmitían a sus hijos y nietos”. Así, saben que la valeriana templa los nervios y ayuda a dormir en paz. O que el paico fulmina a los parásitos y cura la gastritis tras beber, durante dos meses, tres infusiones antes de cada comida. También ofrecen taraxaco para adelgazar.

A la oficina ingresa Wiliber Ibarra, el joven y dinámico comercializador.

Él evoca un año clave: 2007, cuando la empresa francesa Ethiquablee, abanderada del comercio, precios justos y responsabilidad con el medioambiente, empezó a recibir las plantas para enviarlas a España, Bélgica, Alemania y a otros países.

“Al mismo tiempo -explica Ibarra- Just-Us Canadá receptaba las cajitas sanadoras de tantos males”. Abajo secan la manzanilla en 25 hornos, que parecen armarios, y su olor dulzón impregna el ambiente.

Presuroso, Ibarra trae las cajas que se exhiben en vitrinas; el taita Chimborazo y la Luna resaltan en las cajas. En el mundo indígena, la Luna es un astro vital que regula, según un calendario, los ciclos de siembra y de cosecha.

“Debo aclarar -dice Guamán- que nuestros antepasados eran sabios, no curanderos”. Confiesa que les apoya un afianzador de aduanas para los trámites de Quito y de Guayaquil y que la fábrica genera más fuentes de empleo. Por ejemplo, el contrato de los tráileres que embarcan el producto en Jambi Kiwa para ir a Guayaquil, el pago a los proveedores de cajas y otros insumos.

Se despide. Visitará las comunas para alentar a las mujeres. Su silueta delgada se pierde por las plantas aromáticas.

Hacia el oriente, el Chimborazo es un vigía perpetuo.

Un proceso minucioso

La fragancia de las plantas se siente más en el galpón. A Jéssi-ca Hilbay, de 24 años y egresada de Ingeniería Industrial de la Espoch, le fascina el olor. Es hija de una socia, pero ella también se considera socia.

Conoce todos los pasos del proceso. Benjamín Huambo, de la misma edad y estudiante del Colegio Maldonado, le acompaña. Hilbay muestra tres grandes tinajas en las que lavan a las plantas. “Son de acero inoxidable y el agua que usamos es muy limpia; además, todas las comunas emplean abono orgánico”.

Pequeñita y de impecable uniforme azul, la chica enseña la picadora para cortar la valeriana o el jenjibre, de tallos más duros.

Huambo es el experto del área de presecado, compuesta por 25 hornos, cuyas temperaturas oscilan entre los 60 y 80 grados. Huambo sostiene que las plantas pasan varias horas en los hornos. “Las más duras de secar son la alcachofa y la borraja”. Un molino eléctrico limpia las impurezas y mediante el esterilizado se quitan las bacterias.

Al final, viene el empaque. En un turno de 8 horas salen 20 000 sobres. Huambo enseñan una placa de gratitud a la UE por la ayuda que dio en el 2000.

Hilbay dice que las plantas se venden en Camari de Santa Clara, en Quito, y en Supermaxi y Mi Comisariato. Los dos siguen en sus tareas, entre ricos aromas.

Jambi Kiwa quiere la tierra de la Diócesis 

Las tres hectáreas de Jambi Kiwa son de  la Diócesis. Guamán explica que no la dejarán, “ya que hemos  invertido un millón y medio de dólares”.Según Guamán, en el 2004 la Fundación Comar, de Canadá, ofreció USD 45 000 para comprar la tierra, arrendada a la Diócesis en el 2000. En el 2008 el proceso se estancó: Jambi Kiwa recurrió al INDA, entidad que falló a  su favor. Monseñor Víctor Corral, obispo de Riobamba, confirma  el apoyo canadiense.

“Para una zona casi urbana, el  valor (USD 45 000) era barato”. Y aclara “que el dinero era un préstamo que debían pagar a la Diócesis para invertirlo en becas a favor de los hijos de las dirigentes y de otros niños; a Jambi Kiwa no le gustó y desistió”. 

“Para que las tierras fueran expropiadas, la Asociación mencionó que eran baldías, no de la Diócesis”, dice Víctor Corral.

“El jefe del INDA no entendió que había un convenio con la Iglesia, tenemos las escrituras, el Ministerio  de Agricultura, instancia superior, nos dio la razón, el INDA se fue contra todo derecho”. Guamán afirma que el préstamo fijaba un 5% de interés a diez años plazo. Monseñor Corral, quien tiene a Gandhi y a Mandela como referentes, cree que sí habrá acuerdo.

María Luisa Uquilla  trabajó 12 años con monseñor Proaño y  también reclama un terreno. Dice que en el Consejo Gubernativo de la Diócesis está el papel de la herencia de Proaño.

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