Ana María Correa

El vértigo de Rafael

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28 de February de 2013 00:01

En el principio era el vértigo, había un país entero por refundar. Hoy hay algo radicalmente distinto en el nuevo período presidencial que se inaugurará en mayo de este año, y que le distingue de todo el "correísmo" de los seis años previos.

En mayo, a diferencia del año 2006, cuando Correa fue electo y no tenía un solo diputado, hoy cuenta con la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. No solo que juega con ese ingrediente de gobernabilidad perfecta, que los Gobiernos de la era previa, babeaban por obtener, sino que hoy por hoy controla todas las instancias de poder, inclusive la colorida cereza del pastel que es la justicia.

Cuando Correa inició su segundo período en el año 2009, se iniciaba la etapa de la transición institucional post Montecristi. Allí recién comenzaba la tarea masónica de construcción del andamiaje de instituciones, que supuso un camino sinuoso y no libre de tropiezos para el Gobierno. No olvidemos que muchos de esos procesos que dieron a luz a los famosos engendros de Montecristi le supusieron importantes desgastes políticos, cuestionamientos y retraso en su hoja de ruta.

Pero eso fue antes. Hoy en el año 2013 el Gobierno da un paso más allá en la rotundidad de su proyecto político, que resulta infranqueable para la oposición. Ceteris paribus tendremos revolución eterna.

Hoy a diferencia de las dos inauguraciones previas, Correa tendrá la transición finalizada, los procesos de bautismo concluidos, numerosos procesos de modernización en marcha y el país a su disposición para consolidar este proceso trazado y dibujado en una larga cronología que inició años atrás y en la que no existieron ni existen casualidades ni pasos en falso, entre los cuales se cuentan en la última etapa, la distritalización de las provincias más grandes y la reintroducción del denostado método D'Hondt para la asignación de los escaños en la Asamblea. La fórmula fue perfecta, el objetivo político se consumó.

Por eso hoy me imagino a Rafael Correa mirándose al espejo y sintiendo otra vez un profundo vértigo. Nunca una persona en el Ecuador había concentrado en sus manos un poder tan grande como él, nunca la responsabilidad había sido tan inmensa. Nunca este país entero, dependía tanto de las vicisitudes de un solo hombre, de su humor, de su talante, de sus planes personales y políticos.

Yo también sentiría vértigo. El mundo quizá empezaría a girar despiadadamente sobre su propio eje al momento de concienciar el peso de mis acciones y de mis sentimientos, sobre un país gigante y minúsculo sobre mis hombros.

Ante el vértigo, Rafael Correa tiene el desafío de enfrentarlo desde el lado positivo de su liderazgo y dejar la deriva autoritaria para el pasado, en el que no tenía al país a sus pies.