Alexandra Kennedy-Troya

Un altar de las memorias

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Desafiar el olvido ha sido siempre y para siempre una forma de mantener viva, en la realidad o la ficción, aquellos a los que amamos en los lugares a los que hemos dado un sentido. La memoria está ligada íntimamente a los afectos. Un altar de muertos en México recupera la comida o la fotografía de quien nos dejó; una tumba precolombina está cargada de los íntimos objetos de su dueño: los animales que en vida le acompañaron, las joyas y vestidos que usó, las amantes a las que quiso. Las memorias, al parecer, están ligadas -más bien y sobre todo- con los seres y las cosas a las que hemos deseado amar en nuestra larga y compleja cotidianidad.

De esto trata El Museo de la Inocencia (en Estambul), novela y museo, escrita y coleccionada por el Premio Nobel, el turco Orham Pamuk, en ejercicios realizados concomitantemente. La novela cuenta la minuciosa historia del amor entre Kemal, un hombre de la oligarquía turca, y su prima lejana Füsun, una mujer pobre, cuya vida transcurre en uno de los barrios deprimidos de Estambul. Un amor obsesivo y brutal basado en la inocente visita por años de años –entre 1975 y el 2000- al hogar de una Füsun casada, que comparte la vida con la de su marido y padres. En cada una de las visitas el protagonista roba aquello que su amada toca, usa, recuerda, toma. Las esconde en su bolsillo en el afán de coleccionar los objetos destinados a su museo de amor, su crónica sentimental de la búsqueda de la felicidad.

El Museo de la Inocencia abierto en el 2012, un museo de ficción, el primero acompañado por una novela, fue armado en una casa de tres pisos, pintada toda de rojo, en el mismo barrio donde vive Füsun en la novela. En el interior encontramos una abigarrada colección de objetos cotidianos: camas, relojes, muñecas, cucharas, 4 000 y más colillas de tabaco que fuma la enamorada a lo largo de aquellos años. Y aunque la novela narra los gestos y señas entre ambos, el autor deja entrever los conflictos y las tensiones que vive el país, la ciudad, de los años 70 y 80, una modernidad que se va implantando implacablemente, traicionando la tradición. Alcanzar la modernidad europea significa ser libre; el tema de la virginidad se pone al centro de muchas discusiones y disquisiciones. Pamuk logra, a través del amor, dibujar la realidad turca perdida, una realidad lejana que se va disolviendo conforme el país abre sus fronteras.

En el trasfondo se tocarán temas como el conflicto con el primer ministro Erdögan, se introducirá como escenario la Plaza de Taksim, la corrupción de empresarios vendidos al capital extranjero, la producción de cine bajo las garras de la censura.

Y mientras leo las 600 y más páginas, no dejo de volver a nuestras propias realidades de los 70 bajo el peso del colonialismo y la fascinación por la modernidad.