Juan E. Guarderas

Torturas/embarradas de la CIA

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Han sido días de embarradas, tanto en nuestro país como afuera; parece festival, El Gran Festival de las Embarradas. Nuestro Gobierno ha estado particularmente fino, con las declaraciones del presidente ojiverde criticando que otra persona de ojos claros represente al pueblo, con el bochorno de impedirles la visita a diputados alemanes que venían al país para entrevistarse con grupos ecologistas (y también con grupos industriales)… pero el esplendor de las torpezas locales no debe desmerecer los méritos de lo hecho internacionalmente. Al menos no debería monopolizar nuestra atención, afuera también se hacen grandes esfuerzos por acaparar nuestra indignación.

Esta semana, con un toque de ingenuidad, el diario Le Monde se preguntaba “¿Cómo hace el yihad para reclutar jóvenes europeos?” En efecto, una novedad especialmente dolorosa para los países de Occidente es la participación de sus nacionales en la organización terrorista Estado Islámico. Si bien no es un fenómeno nuevo, la frecuencia y el volumen de participantes europeos y americanos son inéditos. Muchos analistas han subrayado la importancia del impresionante “marketing yihadista” de EI, con videos producidos con alta calidad y difundidos profusamente… puede ser, pero no se puede negar que el mismo occidente les hace fácil la tarea.

El think tank inglés, Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización (ICSR) se creó precisamente para entender la fuerza y el contagio de ese odio. Sin que sea muy sorprendente, señaló que quienes se radicalizan son individuos con un alto sentido de indignación moral y que, por lo tanto, se vuelven susceptibles a ideologías violentas de revanchismo.

Pues la CIA provee justo eso y en cantidades industriales, sentimiento de indignación moral, desde las atrocidades de la cárcel de Abu Ghraib, hasta el misterioso centro en Guantánamo, hasta lo revelado recientemente por el reporte del Senado estadounidense.

Según el reporte, la CIA ocultó, distorsionó e impidió el conocimiento de las técnicas de interrogación y programas de confinamiento. Se desveló que los detenidos eran obligados a mantenerse de pie durante horas con sus extremidades rotas y en total oscuridad, se les impedía sistemáticamente el sueño hasta ocho días seguidos, se les alimentaba e introducía objetos por el recto, se amenazaba con degollar a la madre del detenido presente, y abusar a sus hijos… etc. El reporte es interminable y, ¡hay partes de estos programas que aún no se conocen!
Para empeorar las cosas, el Parlamento Europeo lanzó una investigación sobre las prisiones secretas (en Rumania, Lituania y Polonia) y la colaboración de países como Alemania, España, Suecia, Grecia, Irlanda… etc. Hay que felicitar, la política para calmar el odio es acertadísima.

jguarderas@elcomercio.org