Diego Pérez

Sombrero Cordovez

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1 de junio de 2014 03:52

Diego Cordovez era un ave rara en más de un sentido y por innumerables razones. Porque entendía la función de Ministro de Relaciones Exteriores como el más clásico y delicado asunto de Estado, más allá de las coyunturas de los gobiernos (los regímenes siempre son circunstanciales), más allá de los antojos y tentaciones de los gobernantes, más allá de las necesidades de la política interna. Entendía mejor que nadie la naturaleza y la altura del cargo, el valor de la prudencia sin dejar de lado la frontalidad y la agudeza, el sentido práctico de la perspectiva, el precio del análisis frío y separado de las pasiones momentáneas. Por eso Cordovez no necesitaba – ni pretendía- ser patriota, porque era un estadista y con eso basta y sobra.

También era un ave rara en estos páramos pavimentados, porque entendía la política como sinónimo del diálogo, como un medio para encontrar soluciones útiles a los más espinosos problemas, como encuentro y no como brecha, como el acercamiento de posiciones entre gente civilizada. Por eso era un negociador paciente y metódico, un ajedrecista de buena fe, un consumado observador e intérprete de las conductas, de las expresiones y gestos de su interlocutor: un componedor de filigrana, atento a cada puntada, a cada zurcido. Entendía de inmediato –y esto ayudaba, como ustedes podrán imaginarse- las ideas más complejas y aparentemente enrevesadas, las resumía, las destilaba antes de que se evaporen. Cordovez ofrecía la mano en vez de cerrarla en puño. Cosa rara en estos tiempos.

Y aprendía algo en cada peregrinaje: en los viejos campos de Tena cuando Quito terminaba en la Colón, en Santiago de Chile cuando Raúl Prebisch era el paradigma, en las trepidantes, humeantes y ululantes calles de Nueva York y, sobre todo, en sus tribulaciones afganas. Y lo que no pudo absorber en sus trotes mundanales, en memorandos de entendimiento, en despachos de mesas largas, en saludos protocolarios, en cartas rogatorias o en privilegios e inmunidades, lo devoraba en los libros, en las biografías de Metternich, de Richelieu, de Castlereagh. En realidad nunca dejó de aprender, de preguntar, de cuestionar, de averiguar. Cordovez era un diplomático juicioso, con la curiosidad del niño a medio camino entre Riobamba y Chile que un día debió ser.

Yo diría que cumplía de sobra y con excelencia, casi sílaba a sílaba, con la definición que Talleyrand hizo de las virtudes que deben tener los ministros de Relaciones Exteriores: “Ese Ministro en efecto, debe estar dotado de una suerte de instinto que le advierta de la inconveniencia de comprometerse. Tiene que poseer la facultad de mostrarse abierto permaneciendo impenetrable, de ser reservado mostrando naturalidad y de ser acertado hasta en la selección de sus distracciones. Su conversación debe ser simple, variada, inesperada, siempre natural y hasta ingenua; en una palabra, no debe dejar ni un momento de ser Ministro de Relaciones Exteriores.”