Carlos Larreategui

Sobreendeudamiento

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6 de June de 2012 00:03

En su más reciente sabatina, el Presidente levantó la voz de alarma frente al sobreendeudamiento comprobado de 400 000 familias y calificó el hecho como una grave amenaza para la economía. Como era obvio, los ciudadanos comenzamos a debatir el problema revelado para identificar sus causas, dimensionar sus amenazas y proponer salidas. Ante esto, el Presidente atacó e injurió a todos los que opinamos sobre un asunto que él mismo se encargó de poner sobre el tapete. Lo cierto es que las cifras avalan claramente la existencia de un claro sobreendeudamiento con peligros que no pueden ser subestimados.

Se habla de sobreendeudamiento cuando los ingresos no resultan suficientes para sufragar los gastos básicos y las deudas contraídas. Este problema surge, generalmente, en economías con enorme liquidez que proyectan una sensación de estabilidad que alienta un mayor consumo. En el caso de Ecuador, los altos precios del petróleo, la inyección forzada de las reservas bancarias privadas, el ritmo descarriado de gasto público y la explosión de créditos del Biess, una institución financiera que no comparte información crediticia con los demás agentes del sistema, han provocado niveles de liquidez sin precedentes. Lo cierto es que el crédito se ha incrementado en un 20% anual (40% para el crédito de consumo). Hay más tarjetas de crédito, deudores que enfrentan préstamos en más de una institución financiera y una competencia frenética entre los bancos para colocar su liquidez. La experiencia demuestra que en épocas de prosperidad, la confianza de acreedores y deudores sobre la capacidad de pago se acrecienta mientras la evaluación del riesgo se torna laxa. Si a todo eso añadimos un consumidor vulnerable que sucumbe ante la avalancha publicitaria y los engaños seductores de la sociedad de consumo, la mezcla deviene explosiva.

Las consecuencias del sobreendeudamiento familiar repercuten inicialmente en la propia familia que queda expuesta al embargo de su patrimonio. Si el problema se vuelve masivo, las deudas insatisfechas golpean a los bancos que a su vez son deudores del público depositante. En una economía sin moneda propia, un sobreendeudamiento generalizado se transforma en dinamita pura.

Hizo bien el Presidente en identificar el problema. La delicadeza de este asunto demandaba, empero, acciones concretas y prudencia antes que anuncios sonoros que perturbaran al país. En lugar de insultar a quien osa tener una opinión sobre este asunto, el Presidente, a más de controlar la excesiva liquidez y el riesgo crediticio, debería enmendar sus políticas de gasto. La visión del Mandatario de que los bancos no están obligados a colocar dinero en préstamos, es simplista y contradice la obviedad. Estas instituciones son insaciables en su afán de lucro y no dejarán de colocar el último centavo disponible.