Juan Valdano

Bárbaros y civilizados

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Nuestros escritores del siglo XIX interpretaron el drama de las naciones hispanoamericanas como una perpetua lucha entre la civilización y la barbarie; una pugna en la que el progreso y la cultura tenían escasas oportunidades de triunfar ante los embates de la incivilidad, la vulgaridad y la ignorancia.

Para Sarmiento, la barbarie era esa forma de vida primitiva que imperaba en la pampa y cercaba la precaria civilidad de las ciudades. Para Juan Montalvo era el atraso, el oscurantismo de una sociedad acostumbrada a la sumisión, la grosería del cafre que prevalido del poder del sable irrespetaba la ley, trepaba al solio para imponer su ramplonería.

¿Qué significa ser bárbaro y qué ser civilizado? En la antigua tradición grecolatina, el bárbaro era el otro, el distinto; aquel que hablaba otra lengua (ese “barbar” incomprensible), ostentaba una moral y unas costumbres que resultaban inaceptables. El miedo a la barbarie y el desprecio al bárbaro alimentaron siempre el odio entre pueblos, justificaron guerras y conquistas por motivos de raza o religión.

En la moderna tradición (esta que parte de la Ilustración), el término civilizado comporta una carga axiológica, un valor: representa una forma de convivencia humana bajo ideales de armonía y respeto entre propios y extraños. La civilización es afirmación de una identidad colectiva, mas también aceptación de lo distinto; implica tolerancia y coexistencia con el otro. Quien se encierra en su propia cultura y se muestra intransigente frente a otras manifestaciones de vida humana siempre será un bárbaro, jamás un civilizado.

El temor al bárbaro ha resurgido en esta época posmoderna. No se trata de un “choque de civilizaciones”, maniqueo enfoque expuesto por Huntington; se trata de algo más real y cotidiano que está ocurriendo en nuestras sociedades. El miedo al extraño, el desprecio al diferente, al inmigrante nos está barbarizando. En el país de Voltaire, una revista hace befa de las creencias religiosas de islámicos y cristianos. La libertad de expresión (esta conquista de la racionalidad moderna) no puede invocarse para transgredir los principios de respeto a quien ostenta otra fe y otras creencias. Y, al mismo tiempo, en nombre de la civilización no se puede caer en la barbarie del terrorista.

En la sociedad ecuatoriana está ocurriendo algo semejante. Si nos miramos en el espejo de nuestra vida cotidiana apreciaremos que ya no somos lo que éramos. Las relaciones sociales se han agriado. El temor nos atenaza y la barbarie nos avergüenza. La desconfianza, la violencia real y mediática, la exclusión al que opina distinto nos domina. El respeto, la tolerancia, la urbanidad son cosas del pasado. Hoy, el desprecio al discrepante se lo ventila desde la altura del poder, resuena por todas partes, se multiplica en conductas semejantes.

Montalvo sigue teniendo razón, nuestra búsqueda de un progreso civilizado continúa secuestrada por la barbarie de las élites.