José Ayala Lasso

40.000 monedas

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Ávido, el bolsillo del poderoso espera, abierto e insaciable.

Lágrimas corren por las mejillas de la madre que, desesperada, busca acumular la suma exigida a su esposo para lavar el honor de quien, al conocer que alguien ha osado escudriñar en la conducta de su clan, ha demandado, inclemente, crematística compensación por esa presunta ofensa a su dignidad herida.

¡Tin tin tin!, agudamente caen las primeras monedas en el ancho bolsillo.

Desprovistos de su leche y pan diarios, los niños ni siquiera sospechan que los recursos trabajosamente ganados para comprar alimentos están ahora en golosa talega ajena.

¡Ten ten ten!, la voz del metal habla estridente mientras siguen cayendo, una a una, las anheladas monedas.

Engorda con el peso la insaciable bolsa y van progresivamente dibujándose las arrugas de la frente y las grietas verticales del entrecejo del poderoso, induciéndole a esbozar una mueca que aspira a parecer una sonrisa.

¡Tan tan tan!, sigue la cascada del jabón que lava manchas de honor alimentando las faltriqueras abiertas.

¡Adiós a la escuela, a los amigos infantiles, a las fiestas con galletas humildes y chupetes que marcan la ruta del cielo de los niños, adiós a los rincones del hogar, conocidos y tibios, pobres pero acogedores! Se han secado para siempre las lágrimas de la madre mientras el marido ausente descubre la existencia del odio y lo siente explicable y natural en quien vive y muere, impotente, el sufrimiento de sus hijos por causa del honor del poderoso.

¡Ton ton ton!, se vuelve grave el sonido mientras se acumulan los dineros en el bolsillo donde cohabitan los demonios que reclaman venganza por justicia y egolatría por honor, ámbito oscuro donde florece, espontánea e inconsciente, la falta de empatía, fuente de maldades esenciales. El sufrimiento llega a límites inhumanos para el padre ausente y la destrozada madre, súbitamente desprovistos de familia y de bienes materiales, mientras la límpida e inocente mirada infantil se transmuta, sin saber por qué, en preguntas sin respuestas, dentro de un panorama impreciso de carencias y lágrimas. Entonces, mientras crece la simiente de la insoportable angustia, nace -¡bendita sea!- la solidaridad humana en el vecindario ético. ¡Y la suma queda completa!

¡Tun tun tun! se oye grave, gravísimo, el sonido sordo del último centavo que completa las 40.000 monedas que entran en la gigantesca y glotona boca del poderoso, que ha engullido, junto a la sencilla felicidad hogareña de una familia, hasta la última gota del sudor del padre trabajador y ausente, la última ilusión de una madre y el último juguete de unos niños inocentes. ¡Tun tun tun!, sonido bronco de muerte y desolación.

El rico y poderoso ya no podrá reír jamás. Su risa será, definitivamente, una mueca macabra.