Carlos Montaner

Israel o la lucha contra la infamia

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12 de agosto de 2014 00:00

“Hamás, Hamás, judíos a la cámara de gas”. Esa fue la consigna en varias ciudades europeas durante el enfrentamiento de Hamás e Israel.

La mayoría de los judíos (y demócratas responsables) están asombrados del antiisraelismo mostrado en los medios de comunicación occidentales, las reacciones de algunos gobiernos europeos y latinoamericanos, y de los incidentes callejeros antisemitas.

El origen del pleito lo resume magistralmente Amos Oz con dos preguntas a la cadena Deutsche Welles: “¿Qué haría si su vecino, con un niño sentado en el regazo, le dispara a la guardería infantil a cargo de usted?” “¿Qué haría si su vecino cava un túnel desde su guardería infantil hasta la suya con el ánimo de agredir a quienes usted está obligado a proteger?”.

Obviamente, contraatacar. Luego de comenzado el conflicto se supo que por los casi 40 túneles descubiertos los comandos suicidas de Hamás desatarían una carnicería el 24 de septiembre: Año nuevo judío.

¿Por qué resurge el antisemitismo con tanta virulencia? Por varias razones.

Los seres humanos formulan sus juicios desde estereotipos y categorías. Creemos tener idea de cómo son los alemanes, norteamericanos, negros, blancos, chinos. Esas visiones esquemáticas suelen tener connotaciones negativas.

Lamentablemente, la idea del judío la acuñaron los cristianos. Un pleito en la sinagoga acabó en interminables persecucines cuando el cristianismo se transformó la religión de Roma por el Edicto de Tesalónica (año 380).

Desde entonces, y por los próximos 1600 años, los judíos fueron caracterizados como perversos, avaros, traidores y sucios. Los persiguieron, masacraron, expulsaron, difamaron y encerraron en guetos. Obligados a abjurar de sus creencias, aparecieron instituciones --la Santa Inquisición--, que tenía entre sus objetivos destruirlos o “purificarlos” en las hogueras.

Este acoso permanente logró el “asesinato de la reputación” de todo un pueblo. La literatura ayudó: Shakespeare, Lope de Vega, Voltaire, Dickens, T.S. Eliot, Dostoievski, entre otros magníficos autores, mantuvieron la llama del odio con sus manifestaciones antisemitas.

Fue Napoleón quien comenzó la liberación judía derribando las murallas de los guetos en el XIX, pero cambiar las leyes no impidió al antisemitismo llegar al paroxismo nazi del exterminio total.

Hoy ese viejo antisemitismo es una de las señas de identidad de los grupos “progresistas”. Para asumir un rol revolucionario, basta con rechazar a los judíos y condenar a Israel. Es el equivalente de colgar un poster del Che o ponerse una camiseta con su efigie.

Afortunadamente, la etiqueta colgada al pueblo judío es reversible. El hecho de que Israel, rodeado de enemigos, sea una sociedad democrática, próspera, generadora de ciencia y tecnología, donde viven los únicos árabes libres de toda aquella torturada zona, incluidas las mujeres árabes, desmiente el maligno estereotipo. Poco a poco se abrirá paso la verdad: Israel es la más exitosa y digna experiencia política de la segunda mitad del siglo XX. Pero hay que decirlo en voz alta y sin miedo.