Francisco de Roux

‘No matarás’ (Éx. 20.13)

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El Tiempo, Colombia, GDA

Para el papa Francisco, la vida es sagrada.Hace siete meses dijo en Bruselas: “La guerra, que sume a los pueblos en una espiral de violencia incontrolable, nunca es un medio satisfactorio para superar las injusticias y, al contrario, abre el camino a injusticias y conflictos peores”. Y preguntado si era legítimo bombardear a los musulmanes radicales, respondió: “Es legítimo detener al injusto agresor, pero subrayo ‘detener’ no digo bombardear ni hacer la guerra”. Ahora ha condenado la pena de muerte y las ejecuciones extrajudiciales.

De su discurso del pasado 19 de marzo, ante una delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal, tomo estas palabras iluminadoras para nuestro proceso de paz: “Nunca se alcanzará la justicia dando muerte a un ser humano. Hoy en día la pena de muerte es inadmisible, no importa lo grave que sea el delito. Es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona que contradice el designio de Dios sobre la humanidad y su justicia misericordiosa. Matar no hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza. El Magisterio de la Iglesia defiende la sacralidad de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Debaten en algunos lugares acerca del modo de matar, como si se tratara de encontrar el modo de ‘hacerlo bien’; cuando no hay forma humana de matar a otra persona. Los Estados matan por acción cuando aplican la pena de muerte, cuando llevan a sus pueblos a la guerra o cuando realizan ejecuciones extrajudiciales o sumarias”.

Ante el catecismo católico, que bajo condiciones estrictas acepta la pena de muerte y la guerra justa, Francisco da un paso claro: no acepta la pena de muerte en ningún caso; rechaza la guerra como iniciativa para conseguir fines políticos o sociales, y solo le concede legitimidad cuando se hace para detener una agresión.
El paso dado por el Papa corresponde a la maduración dolorosa de un largo proceso en la Iglesia, que en la Inquisición entregó miles a ser condenados a muerte, lanzó Cruzadas, guerreó por territorios papales y defendió la conquista invasora y violenta de España y Portugal. Dentro de esta historia de hombres que cometieron grandes crímenes contra el ser humano, gracias a la fe sencilla del pueblo y a santos y teólogos, se fue abriendo paso, en una Iglesia que reconoce sus pecados, el mensaje de Jesucristo de amor a todos y todas, de lucha por la justicia, y de respeto sagrado a las personas y los pueblos.

Estas palabras de Francisco van para EE.UU., que mantiene la pena de muerte y ejerce como justiciero planetario; para Putin, en su ataque a Ucrania, y para los macabros homicidas del Estado Islámico.

Son también para las fuerzas de seguridad de nuestro Estado, entre cuyos hombres hay causantes de miles de desapariciones, ejecuciones extrajudiciales y ‘falsos positivos’; para las FARC, que detienen la guerra en tregua unilateral y han de aceptar responsabilidades sobre hechos como secuestros, atentados, fusilamientos y muerte de policías en indefensión; y también para los paramilitares, cargados de masacres.