24 de October de 2012 00:00

Malala

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Hay tres aspectos del drama de Malala que deseo destacar.

El primero es la valentía de esta maravillosa y admirable pequeña que se enfrentó al Talibán en defensa de sus derechos y de su libertad, conociendo los peligros que enfrentaría. “Quiero estudiar porque quiero ser médico”, había dicho en una entrevista con el New York Times. En muchos otros lugares, por fortuna incluida América Latina, esos sueños no la habrían puesto en riesgo de nada. Pero en el Valle del Swat, en Paquistán occidental, la ponían en riesgo de muerte. Aun así, no renunció a ellos, ni los calló.

El segundo aspecto es el brutal hecho en sí, expresión extrema de aquel intolerante dogmatismo, hoy puesto de manifiesto por el Talibán, ayer por el castrismo, la guerra sucia en el Cono Sur, los nazis y el stalinismo, y más atrás en la historia de Occidente por los Puritanos y por la Inquisición, que se arroga el pretendido pero inexistente “derecho” a imponer a sangre y fuego creencias, valores, actitudes y comportamientos. En el caso de Malala, esta triste expresión de lo peor que llevamos dentro vino acompañada, además, de la cobardía que implica el que un hombre adulto dispare a la cabeza de una niña, y con la tozuda maldad de afirmar que si no muere ahora, la matarán después.

El tercer aspecto es la reacción de cientos de miles de personas que salieron a calles y plazas en todo el mundo a protestar contra el Talibán y a enviarle a Malala un mensaje de esperanza. En muchos casos en las mismas ciudades en las que, hace muy poco, habíamos visto furiosas e incendiarias manifestaciones en contra del mundo occidental, pudimos ahora ver a hombres y mujeres de todas las edades, a niños y jóvenes y, sobre todo, a niñas iguales a Malala e inspiradas por ella, expresando con fuerza una inmensa fe en la posibilidad de desterrar la violencia. Veo en ello una viva expresión de aquella moderación militante por la que abogué en una columna reciente, que se hace oír, aplaudiendo, estimulando, defendiendo y engrandeciendo a quien, no importa la vertiente del pensamiento religioso, ideológico, económico o político de la que provenga, respeta a los demás, rechaza la prepotencia, no busca privilegios, trata las diferencias con amable apertura, y apoya aquello con lo que concuerda aunque provenga de otra tienda.

La valentía de Malala merece la más profunda admiración. El ataque que sufrió, el más intenso repudio. Y la reacción que ha suscitado es motivo de serena celebración y de cautelosa esperanza. Muestra que no es absurdo trabajar por los días de paz y de relaciones mutuamente constructivas con los que soñaron, en su tiempo, Sócrates, Jesucristo, el Budha y Mahoma, y en el nuestro, Ghandi, Martin Luther King y Nelson Mandela. Gracias, Malala, bello símbolo de bellos sueños. Los haremos realidad.

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