José Ayala Lasso

Libertad versus igualdad

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El gran filósofo contemporáneo K. Popper, en “La lección de este siglo”, comenta el libro de Marx “Miseria de la filosofía”. Dijo Marx que, destruido el orden burgués, al implantarse el dominio del proletariado, desaparecería la confrontación y se iniciaría un período de pacífico progreso social. Popper afirma que Marx se equivocó, como la historia se encargó de demostrarlo. Al sostener que la lucha de clases y el materialismo orientan la evolución social, Marx contradecía su propia dialéctica hegeliana según la cual la síntesis creada por la evolución social se convierte en tesis que origina necesariamente una nueva antítesis.

Después de rebatir con firmeza la sustancia ideológica del marxismo, Popper no oculta su sorpresa al constatar que el sueño socialista tomó mucho tiempo en demostrarse inalcanzable y vacío de contenido, pero afirma que cuando los pueblos tomaron conciencia de los errores de sus dirigentes, no dudaron en protagonizar las protestas que condujeron a la implosión y al ocaso de los regímenes socialistas.

A pesar del descrédito del comunismo –dice- “yo permanecí fiel a sus ideas durante algún tiempo más, antes de que me diera cuenta que todo era un hermoso sueño”. Luego me apercibí que “la libertad es más importante que la igualdad“, que “todo intento de establecer la igualdad pone en peligro a la libertad “ y que “sacrificando la libertad no se consigue ni siquiera llegar a la igualdad entre quienes han vivido sujetos a la opresión”.

Proclamándose defensores del pueblo, los regímenes autoritarios abundan en leyes para controlar todos los ámbitos de la vida del individuo al que quieren convertir en “ciudadano de la revolución”. Se apoderan de los medios de comunicación pública y mediante la propaganda -su más usual instrumento de trabajo- condicionan la libertad de pensamiento y expresión. Pretenden representar la nueva ética social y se colocan por encima de la ley, sujetos únicamente a los dictados del programa ideológico tal como lo interpreta su líder. Stalin, símbolo de todas las crueldades, arbitrariedades e injusticias, es la encarnación viviente de esas ideas.

El socialismo del siglo XXI, en total olvido de la historia, pretendió revivir las ideas de Marx. Obtuvo éxitos por su dialéctica populista, pero las campanas que en 1989 anunciaron la desintegración del falaz imperio soviético ya están sonando en varias capitales de nuestro hemisferio. Los líderes que quisieron revivir la lucha de clases, no para promover la igualdad sino la venganza y que pretendieron encarnar al proletariado para ejercer, en su nombre, la dictadura que tan bien se acomodaba a sus vanidosas ambiciones, se baten en retirada, derrotados más que por sus demagógicas ideas políticas, por su rampante corrupción.

jayala@elcomercio.org