Juan Valdano

Una monja de armas tomar

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Pasar del Viejo al Nuevo Mundo y “hacer América”, como se decía en ese siglo, no solo fue cosa de hombres; ellas, a más de lo suyo: parir los hijos, también hicieron lo que a los varones les correspondía: empuñar la espada, hacer la guerra y afianzar el imperio español en esta parte del mundo. En esa época de héroes y villanos, como lo fueron los siglos XVI y XVII, hubo en estas tierras no pocas mujeres de temple varonil que superando prejuicios sexistas se pusieron al frente de expediciones guerreras y lidiaron en batallas como el más fiero de los soldados. Y lo hicieron como hembras bravas, sin despojarse de sus faldones, o ya vestidas de hombre, disfrazando su condición femenina, como lo fue Catalina de Erauzo, la monja alférez, fémina indómita que en la conquista de Chile, en 1619, arrasó tierras de indios, masacró a pueblos enteros de mapuches, acciones que le valieron el nombramiento de alférez de los ejércitos del rey.

Cerca del final de sus días, Catalina de Erauzo (1585-1650) se vio compelida a escribir (o dictar) su increíble historia de monja desertora de un convento de San Sebastián para, luego, correr una vida sembrada de aventuras en la que adoptó nombres masculinos, fingió ser hombre, vistió, vivió y actuó como tal. Regresó a España. Felipe IV reconoció sus servicios prestados en Chile. Fue a Roma, visitó al papa quien la perdonó de todo y le permitió que siga vistiendo ropa de hombre. Murió en Veracruz, como patrona de un negocio de arriería y próspera propietaria de recuas de asnos.

Esta “Historia de la Monja Alférez escrita por ella misma” podría pasar como la primera novela escrita en tierras americanas. De ser así, el inicio de este género literario en América habría que retrasarlo dos siglos. Con prosa desmañada, Catalina de Erauzo relata una historia que guarda los rasgos que distinguen a la novela picaresca, tan en boga en ese siglo.

El tono autobiográfico es lo primero que se aprecia. La monja (que nada tiene de tal) cuenta su truhanesca historia en primera persona: la infancia desvalida (tan característica del antihéroe picaresco), el travestismo que ella se ve forzada a llevar adelante, hasta el día en que, ante un tribunal de “matronas”, da a conocer su identidad femenina. Además, el hecho de que la protagonista y narradora llevara una vida trashumante y sirviendo a muchos amos (a quienes estafa siempre) es otro rasgo del relato picaresco, tal como se lo construyó desde el siglo XVI.

Por último, hay un dato que acercan aún más esta narración a ese clásico de la novela picaresca: “El lazarillo de Tormes”. Es el hecho de que el personaje narra su desastrada vida con el afán de justificarse ante el poder (el rey y el papa en este caso) por los desvaríos que se vio forzada a cometer. Si los cometió fue a causa de un incompresible destino en el que buena parte de la culpa la tuvo la misma sociedad que la condena.