Fernando Larenas

La incurable logorrea

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Era capaz de improvisar un discurso durante siete horas sin pausas o de conceder entrevistas de 16 horas sin detenerse ni para ir al baño. Fui testigo de una conferencia de prensa que duró aproximadamente cuatro horas, en las cuales no respondió más de cuatro o cinco preguntas; era cuestión de comenzar con la primera y de ahí el personaje no paraba más. Sufría de logorrea, que está relacionada con la compulsión por hablar sin cesar, de forma incontrolable aunque coherente. Es un síntoma muchas veces analizado por la psiquiatría y que solo se cura en la vejez o con la muerte.

Las cuatro horas que señalo tal vez fueron más, mi única prueba del tiempo que habló son los cuatro casetes de 60 minutos grabados en 1985 durante la visita del entonces presidente León Febres Cordero, el primer ecuatoriano que rompió el hielo del bloqueo para reunirse con Fidel Castro en La Habana. Sí señores, fue un presidente de derecha que tenía muchas afinidades con el principal ídolo de la izquierda mundial. El político de derecha practicaba el tiro al blanco, el ex guerrillero, la caza submarina y los dos se decían expertos en temas agropecuarios.

Así como era capaz de hablar a destajo, también le agradaba quedarse indefinidamente en el poder (más de medio siglo) y en eso puede que se parezca a otros caudillos que también sufrieron la fascinación por gobernar, que es otro síntoma que solo se cura con la vejez o con la muerte. Ejemplos: el mexicano Porfirio Díaz, duró 35 años, el paraguayo Alfredo Stroessner 36, el español Francisco Franco 37, el sanguinario Kim Il Sung de Corea del Norte 44. Ninguno llegó al medio siglo, por eso Fidel Castro solo puede compararse a sí mismo.

Muchos caudillos han tratado de igualar o de parecerse al cubano en estos dos síntomas incurables, especialmente por la logorrea. Por ejemplo, Chávez lo intentó con su programa ‘Aló Presidente’, pero solo en algunas ocasiones llegó a cinco horas. El heredero de Chávez a los cinco minutos ya no tenía nada más que decir, por eso prefirió cambiar el monólogo por un didáctico programa de salsa, para lo cual se requiere solamente habilidad del cuerpo y de los pies.

Nuestro desaparecido caudillo Velasco Ibarra era bueno para un discurso de balcón y Abdalá para un baile de tarima. De ahí nadie más ha tenido las habilidades del dictador cubano y por eso jamás serán parecidos, comenzando por la formación ideológica y por cómo llegó al poder tras derrocar a una tiranía, pero con el error histórico de también convertirse en tirano. Los nuestros solo llegan a la verborrea, es decir, a una verbosidad excesiva; es cuestión de escuchar los discursos y ponerse a llorar. Al contrario del Che, Fidel no escribió ni un diario, el único legado son sus discursos, su retórica y millones de exiliados que añoran volver a su patria.