José Ayala Lasso

El hombre que perdió su sombra

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Una antigua leyenda alemana habla de un hombre que, débil y menospreciado por la sociedad burguesa, vendió su sombra a un misterioso tentador quien, en pago, le entregó una bolsa de la que podría extraer inagotables monedas de oro. Después de gozar del fasto y la abundancia que dispendiosamente compraba, el hombre que perdió su sombra empezó a sentirse raro. Quienes le miraban, lo hacían con dudas y sospechas y lo excluyeron del trato social. Se vio obligado a vivir en el ostracismo, huyendo de la luz. Cambiaba constantemente de residencia y en todas partes encontraba el repudio general.

He recordado esta leyenda, escrita por Von Chamisso, uno de los poetas románticos alemanes del siglo XIX, al pensar en la suerte que irresponsablemente eligieron quienes, tentados por el poder y el dinero fácil, vendieron su alma al demonio e inscribieron a nuestro país entre los más corruptos.

Un estudio hecho en Harvard, ¡desde hace 75 años!, sobre lo que la gente considera el más importante componente de una vida exitosa, confirma lo que las filosofías, las religiones y la sabiduría popular han dicho desde siempre: ni el dinero, ni el poder, ni el prestigio –aunque, bien usados, puedan ser fuente de beneficios- son suficientes para definir el éxito. El secreto se encuentra en la autenticidad con que se cultiven las relaciones humanas. Es decir, en la empatía, esa disposición para vivir la igualdad de todos y sentir lo que el otro siente: la capacidad de amar, en resumen. El estudio de Harvard solamente tiene el mérito de haber seguido los más rigurosos métodos científicos de investigación.

¡Qué equivocados estuvieron y cuán arrepentidos deberían estar quienes, tentados por el oro o el poder, cayeron en los abismos de la corrupción! Perdida su sombra, es decir su dignidad, se verán distintos, raros, mirados con censura por los demás. Y, sin reconocer su error, buscarán fugarse de sí mismos y de los suyos, lo que les llevará a cambiar de destino, a esconderse bajo vana palabrería, a refugiarse en el resentimiento y el odio. El peso del oro mal habido los aplastará luego, sin permitirles gozar de los espejismos que les llevaron a vender su sombra.

Sin embargo, la naturaleza humana es tan compleja y falible que, pese a todas las razones para condenar la corrupción, siempre habrá quien caiga en ella. Por eso es indispensable que un Estado democrático luche eficaz e implacablemente contra ese cáncer social. Para lograrlo se requiere de una justicia tan severa como imparcial.

En el anterior gobierno, muchos, muchísimos hombres y mujeres vendieron su sombra. El actual tiene el deber de identificarles y aplicarles la ley, sin sospechosas demoras, para defender la salud de la nación y evitar que el Ecuador -¡horror!- pierda también su sombra…o su paciencia.

jayala@elcomercio.org