Ivonne Guzmán

Dos preguntas

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No tengo herencia por recibir ni herederos. Pero los asuntos de la convivencia en sociedad me interesan y ese interés me lleva a hacerme varias preguntas alrededor de la propuesta para cambiar el impuesto a la herencia y el impuesto a la plusvalía, que por ahora solo es un deseo presidencial (con el revolú correspondiente), y que más temprano que tarde será ley de la República (¿cuánto apostamos?). Sin embargo, en honor al espacio me limitaré a plantear dos preguntas, sencillas; para que las respondan quienes tengan la obligación legal de hacerlo.

Va la primera. ¿Qué se hace con el dinero recaudado por el impuesto a la herencia? Es decir, ¿cómo el Estado, a través de los gobiernos de turno, nos asegura a los contribuyentes que el impuesto a la herencia cumple la función para la cual fue creado: redistribuir la riqueza? No es una pregunta menor. Repito: ¿A qué áreas se destina esa plata y cómo se asegura que no es dinero de bolsillo de los corruptos?

Digamos que, en el mejor de los casos, no está al alcance de la corrupción, pero una, malpensada como es, podría imaginarse también que ese porcentaje del patrimonio individual que el Estado obliga a alguna gente a donarle se puede gastar, por ejemplo, en: otro avión nuevo para el Presidente; sueldos de los asesores de los asesores de algún ministerio; vallas publicitarias sobre cómo y cuánto avanzan la revolución y la patria; carros grandes, potentes y vistosos para la cabeza de la Asamblea Nacional; publicidades varias (y abundantes); o viajes de extensas comitivas para visitar al Papa. Se me ocurren más posibilidades, pero creo que no son publicables.

Responder esta primera pregunta es vital para cualquier decisión que tome la Asamblea en estos días. Ya ni siquiera es cuestión de tablas y porcentajes, sino del destino de ese dinero que (sea mucho o poco) no puede licuarse en una caja chica, sin beneficio de inventario. En realidad, ningún impuesto debería hacerlo, pero como nos están diciendo con tanta vehemencia que luego de cambiar la ley correspondiente al impuesto a la herencia y la plusvalía la redistribución de la riqueza y la disminución de las desigualdades en el país finalmente se concretarán, es obligatorio saber cómo están pensando realizar el milagro.

Ingenuamente, antes de mudarme a la vida real, yo pensaba que todos los impuestos servían para eso: disminuir la desigualdad y dejarnos a todos, de entrada, en igualdad de condiciones (garantizadas salud y educación de calidad) para luego arreglárnoslas solos, como adultos. Bueno, eso sí pasa en otros países. Pero aquí uno tiene que pagar impuestos de país nórdico para recibir servicios de tercer mundo; además, como siempre, los pobres son los que más padecen esta injusticia.

Y, antes de que me olvide y después de tremenda digresión, ahí va la segunda pregunta: ¿Qué más quieren de nosotros? Porque a mí ya no me queda ni la esperanza. Rebúsquenme.

iguzman@elcomercio.org