Bernard-Henri Lévy

Los gais, en la línea de combate

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La mayoría de los estadounidenses considera que la posesión de esas armas es un derecho básico, definido y codificado por la Segunda Enmienda a la constitución de ese país.

De hecho, los estadounidenses -que han escuchado durante décadas a Charlton Heston, Wayne LaPierre y otros líderes de la todopoderosa Asociación Nacional del Rifle decir que no hay mejor manera de protegerse a uno mismo y a la familia- poseen ahora más de 300 millones de armas.


El presidente Barack Obama ha dicho y reiterado lo que los estadounidenses razonables entienden: esas existencias de armas de asalto -de tamaño pequeño, pero con una gran capacidad de destrucción- en manos privadas constituye un arsenal invisible, pero legal. Es una bomba de tiempo que todos conocen. Dada su ubicuidad, la pregunta no es si habrá otras matanzas similares a la de Orlando; se sabe que las habrá.

La pregunta es cuándo y dónde.
En segundo lugar, tenemos la cuestión del islam radical y la guerra sin fronteras que ha declarado al mundo. Se puede pontificar sobre el tema del ‘lobo solitario’ que se lanza al terrorismo como otros se lanzan a la cama. Se puede escuchar reiteradamente el testimonio inevitable de los amigos y familiares que no anticiparon el desastre, la total ausencia de señales, lo buen hijo que era el asesino, su amabilidad con los vecinos y la falta de antecedentes particulares que despertaran sospechas.


También se puede descartar la conexión del asesino con los grupos del terror; el Estado Islámico no se apropió del incidente hasta después de que el propio criminal, en medio del ataque, declarase su lealtad y etiquetase así sus acciones.


Estados Unidos comparte con Europa la condición de ser uno de los blancos principales para el islam fanático y sus asesinos. En vez de repetir como un disco roto que “esto no tiene nada que ver con el islam” es hora de admitir que EE.UU. se ha convertido en otro teatro de la batalla entre el islam de los radicales y el islam de la tolerancia y el imperio de la ley.


Finalmente, tenemos la cuestión de la homofobia y la violencia antigay. He perdido la cuenta de la cantidad de estados estadounidenses que presentaron acciones legales contra la administración de Obama por órdenes que se perciben como excesivamente “favorables a los gais”.

La carnicería del domingo pasado puede entenderse como el último episodio de una serie de ataques letales que se retrotraen al menos hasta 1973, cuando 32 hombres cuyo único crimen era ser gais fueron quemados vivos en el UpStairs Lounge en Nueva Orleans.


La masacre de Orlando nos recuerda que los gais como grupo -junto con los judíos, los cristianos, los blasfemos y los apóstatas— son uno de los objetivos considerados legítimos por el yihadismo mundial. Los manuales de inquisición del Estado Islámico han agregado a los gais a la lista de objetivos políticos y les declararon la misma guerra sin cuartel.