Carlos Larreategui

La falacia como argumento

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22 de June de 2011 00:02

Se denomina falacia a toda argumentación que busca engañar, desacreditar o distraer al oponente. Las falacias se espetan como refutaciones aparentes y recurren, por lo general, a cuestiones emocionales y psicológicas. Una de sus formas más frecuentes es la del ataque personal (ad hominem) que busca descalificar al adversario en lugar de contradecir sus afirmaciones con razones y lógica. Fórmulas como “y tú qué”, “y tú más” o “tú peor” encierran una falacia y son frecuentes, especialmente en el mundo de la política. Las falacias confunden, engañan y eluden las verdaderas reflexiones que deben propiciar los actores políticos de las sociedades democráticas.

La falacia del ataque personal ha sido frecuente en el debate político ecuatoriano. La historia reciente está llena de grandes maestros del insulto como Velasco Ibarra, León Febres Cordero, Carlos Julio Arosemena o la saga Bucaram. Allí figuran también locutores, periodistas, editorialistas, dirigentes gremiales y hasta deportivos. Todos ellos degradaron la cultura política ecuatoriana e hicieron de la falacia una herramienta eficaz para captar la atención del público, ahogar la reflexión y obtener réditos sin esfuerzo intelectual.

Muchos ecuatorianos pensamos que la falacia del ataque personal había llegado a su expresión máxima en esos años y jamás imaginamos que lo peor estaría por llegar. El arribo de Alianza País, sin embargo, destruyó esa noción y llevó el insulto a niveles superlativos. El vejamen se erigió como elemento central del discurso político y se impregnó luego en el conjunto de interacciones de la sociedad ecuatoriana. La cruel falacia invadió aceras y calles, ventanillas de servicio público y privado, campos deportivos, radios, televisión y prensa. Algunas redes sociales y ciertos espacios de Internet que aúpan el anonimato y facilitan la cobardía, se han convertido en repositorios de vileza, maledicencia y mucha ignorancia. Los ultrajes son moneda corriente en los intercambios de ideas y opiniones entre revolucionarios y contrarrevolucionarios. Causa estupor, por ejemplo, mirar los comentarios digitales que desataron ciertas expresiones recientes de Lourdes Tibán, escuchar al Presidente de la Asamblea desacreditando a Jefferson Pérez por expresar sus ideas políticas o al Jefe de Estado calificando de tonto a una de los hombres más cultos, brillantes y lúcidos del orbe como Mario Vargas Llosa. El Ecuador vive un ambiente malsano de intolerancia y profunda hostilidad que amenaza la armonía social básica.

Más allá de los incontables daños estructurales infligidos a la economía, al sistema político y al conjunto de libertades ciudadanas, Alianza País será recordado en la historia como el fenómeno más envilecedor de la cultura política ecuatoriana.