Fernando Larenas

Eufemismos, sofismas

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Ocurrió en la mitad del siglo XX. Solo después de cuatro años la Policía brasileña llegó a la conclusión de que “medidas extremas”, escrito en varias cartas por el líder del Partido Comunista de entonces, en realidad era el asesinato de una militante, de 16 años de edad, a quien se la acusó de traidora de los postulados estalinistas. El uso de eufemismos o de sofismas es una manifestación suave o decorosa para evitar que las expresiones o el significado real de las palabras suenen crueles.

Lo vemos especialmente en la jerga política, en el nombre pomposo de algunas leyes, en la subida de impuestos que ahora se conoce como un acto “solidario”. Obviamente no es malsonante como los vulgares paquetazos durante la larga noche neoliberal, aunque finalmente son lo mismo. El uso de eufemismos en el lenguaje político arribó y parece que se quedó, muy pocos se atreven a decir las cosas por su nombre.

Nos da miedo ir directo al significado de las palabras. Basta con entrar a las redes sociales y ver a los ‘community manager (CM)’ que para advertir de un accidente en una carretera usan el vocablo “incidencia”, el mismo que usa el CM de un banco para no admitir que la página web colapsó. En el primer caso, quieren evitar el uso de accidente para no alarmar a los usuarios de las vías y en el segundo es una explicación amable al indignado cliente. El taxista que no usa taxímetro recurre al diminutivo “cinco dolaritos” para aliviar su conciencia.

Lo que antes conocíamos como Instituto Ecuatoriano de Crédito Educativo (IECE) ahora es el Instituto de Fomento al Talento Humano. Lindo nombre, pero el autor no tomó en cuenta que por el afán de agregar expresividad cayó en lo que se conoce como pleonasmo (uso innecesario de vocablos, similar a la “hemorragia de sangre”). El talento es inteligencia o aptitud, una cualidad exclusiva de los humanos. En la actualidad casi todas las entidades, públicas o privadas, tienen un departamento de “talento humano” que antes se denominaba recurso humano.

Desde hace algunos años nos habían convencido que los aeropuertos de Quito y Guayaquil eran los mejores del mundo. Es cierto que cambiaron (el de la capital es nuevo), funcionan mejor que en el siglo pasado, pero acaba de publicarse un informe que señala al de Carrasco, Montevideo, como el mejor del mundo. Para reafirmar la autoestima es bueno sobrevalorarse, pero no más que eso, porque se corre el riesgo de caer en sofismas.

El marketing político aguanta todo, pero esa idea de los milagros en la economía, de que somos los jaguares hay que manejarla sin euforia. Los brasileños dejaron de hablar de potencia futbolística mundial cuando Alemania los humilló con una goleada. Evitemos el uso errado de eufemismos; el lenguaje no es una moda que con el tiempo caduca.