Juan Valdano

El poder sin ética

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8 de November de 2012 00:01

Muchas personas aún conservan la imagen del coronel Hugo Chávez quien, ante las cámaras de televisión y en la plaza central de Caracas, preguntaba a sus asesores acerca de los propietarios de los edificios que rodean dicha plaza; una vez que le informaban, él, inflado de autoridad y con gran sentido del espectáculo, exclamaba: ¡exprópiese! Sí, señor, ¡exprópiese! La anécdota no es banal, trasciende a lo simbólico, se convierte en la imagen penosamente reiterada del déspota latinoamericano, figura del caudillo atrabiliario que cada cierto tiempo reaparece en la torturada historia de nuestros países.

Refrescar la memoria y retrotraerla a situaciones semejantes no está demás: en 1843 el presidente Juan José Flores maniobra desde el poder para convocar una constituyente conformada por obsecuentes incondicionales suyos. El resultado: la “Carta de esclavitud”, espejo de su ambición y prepotencia y por la cual se extiende su mandato por ocho años más. En 1865, García Moreno captura en Jambelí a un grupo de rebeldes que habían osado levantarse contra su gobierno. Luego de un juicio sumarísimo, él en persona comanda un pelotón de fusilamiento y acaba con la vida de 26 ecuatorianos. Llega a Guayaquil, arresta al doctor Viola, a quien lo acusa de instigador y lo fusila también. 1896: el ambiente político del Ecuador arde al rojo vivo; el enfrentamiento entre conservadores y alfaristas no conoce tregua. Víctor León Vivar es un valiente periodista que le canta las verdades al gobierno liberal. Uno de los áulicos del partido triunfante persigue a Vivar y, en una orgía macabra, lo fusila en el cementerio de San Diego. Son ejemplos decidores. ¿Excesos de autoridad? Es más que eso. Ejercer el poder desconociendo los límites que imponen las leyes, los derechos humanos, la libertad, la dignidad y opinión del disidente es autoritarismo, es ejercerlo sin ética, es dictadura. Flores, García Moreno, Alfaro fueron tiranos; sus contemporáneos debieron sufrirlos. Alguien dijo: subdesarrollados no son los pueblos, sino los dirigentes. Cuando una audaz camarilla se acostumbra a mandar un país, busca perpetuarse en el poder, se encariña con él; para ello, acanalla y amordaza la oposición, siembra el temor, interpreta las leyes a su antojo, inventa razones para justificar su audacia e invoca valores como la democracia, los intereses del pueblo, fabrica la mentira, la suya, aquella que mil veces repetida busca hacerse pasar por verdad. Esto es fascismo; es ejercer el poder sin ética y desde una idea fanática. En la práctica niega los valores que invoca: la libertad, la justicia. La mentira descarada o maquillada ha sido la recurrente estrategia de los dictadores. Sin embargo, el embuste no dura, no puede durar siempre. Pronto llega el día en el que los enmascarados muestran su rostro; una cosa es segura: no hay en el mundo poder inocente.